lunes, 2 de julio de 2018

The Lady from Shanghai (1947). Orson Welles


Michael O'Hara (Orson Welles), un marinero irlandés, entra a trabajar en un yate a las órdenes de un inválido casado con una mujer fatal (Rita Hayworth) y queda atrapado en una maraña de intrigas y asesinatos.

Realizada en 1947 por el gran Orson Welles en su época de mayor esplendor creativo, fue tratada muchas veces cómo una obra menor en su filmografía. Nada más lejos de la realidad, porque esta película es una auténtica muestra del buen hacer de este genio del cine. Y al igual que el personaje de Welles se sentía atraído por la fascinación de Rita Hayworth, el espectador queda atrapado desde el primer minuto al último, por el enorme poder de fascinación que la película posee en absolutamente todos sus aspectos. Y es que uno de los mayores logros de Welles, fue el de saber combinar todos los elementos de los que disponía para acabar realizando un film casi inclasificable. Su guión, enormemente conciso, lleno de giros, y cargado de diálogos sublimes dignos de ser enmarcados. Atención a la conversación final entre Welles y Hayworth, absolutamente impagable. Su narración, con una fuerza pocas veces vista, y un enorme gusto por lo extraño, por decirlo de alguna manera. Ya el inicio es extraño, con una situación aparentemente forzada, pero que engancha rápidamente al espectador, gracias al poder de sugestión que poseen las imágenes de Welles. (Alberto Abuín en Espinof)

 La dama de Shanghai es, para bien y para mal, la película de un genio. Welles pone en marcha una película cuyo argumento es intricado y laberíntico, de ahí que no tenga más remedio que acabar en esa especie de laberinto de espejos que ejemplifica a la perfección varias ideas de la película: el reflejo deformante de la realidad o las apariencias, la diversidad o multiplicidad de miradas hacia las cosas y lo enrevesado no solo de los pensamientos e intenciones de los personajes, sino también de la propia película. Esto no quiere decir que sea confusa, que no se pueda seguir con facilidad. Todo lo contrario. Uno puede introducirse sin problema en su maraña narrativa, porque en el fondo es bastante simple. Pero Welles parece querer, ya sea como trabajo de reescritura o como irónica mirada hacia el género, realizar un noir en el que todos sus elementos constitutivos quedan expresados en todo su esquematismo, evidenciando estos de tal manera que La dama de Shanghai parece casi un pastiche del género con su femme fatale, su honrado y moral protagonista, sus codiciosos y cínicos villanos, su mirada a un mundo de lujo por fura pero podrido por dentro, su trabajo lumínico de claroscuros… (Israel Paredes en El Plural)

Orson Welles consigue en La dama de Shanghai una atmósfera de amenaza tanto más asfixiante cuanto más indeterminada es en su origen y en su despliegue. El espectador tiene pronto la convicción de que está asistiendo a la representación de un destino funesto, si bien ignora las causas profundas que hacen inevitable la tragedia. Es cierto que el remolino está infectado de tiburones sedientos de poder y de sangre, y que la ambición desborda nítidamente los cauces del cinismo, pero al mismo tiempo esos tiburones, que se arrancan la carne a dentelladas unos a otros, aparecen tan frágiles y desesperados que el espectador llega a tener fácilmente piedad de los depredadores. (Rafael Argullol en El Cultural)

Con estos preliminares, parece evidente que el resultado no podía ser otro que el de una obra irregular y muy lejos de la perfección, pero seguramente es justamente esta imperfección (unida al genio de su director, condenado a partir del fulgurante éxito de Ciudadano Kane a levantar sus proyectos en las condiciones más adversas, en uno de los más trágicos ejemplos que se han dado en la historia del cine de cómo la peor de las maldiciones puede suceder a la mayor de las glorias en el firmamento hollywoodiense) la que confiere el sentimiento de extrañeza y, a la postre, de fascinación que provoca cada nuevo visionado del film. (Cinema esencial)

El lenguaje barroco de Welles es de una belleza y de una riqueza insuperables. Abundan los claroscuros, los escenarios complejos de filmar (el acuario) y los grandes angulares que desencajan los rostros para producirnos desasosiego. También los personajes que comparten plano fijo cuando dialogan sin comunicarse y sin mirarse, con la vista fija en un horizonte sin límites o en la frontera que marca un forzado picado. (Cinetario)

Para un hombre que tiene tanto talento con una cámara como Orson Welles y cuyos poderes de invención pictórica son tan fluidos y tan fuertes como los suyos, ciertamente tiene una forma extraña de estropear sus películas con descuido. (Bosley Crowther)
La gran película más extraña jamás hecha. (Dave Kehr)

Cada elemento de la película se impregna del desorden de los personajes como si sus estados de alma estuvieran borrando todo lo que los rodea. Welles hunde así a su héroe, Michael O'Hara (él mismo), en las profundidades del alma humana. (Critikat.com)

Destinado a ser una obra maestra, este film -como tantos otros de su autor- se vio perjudicado por las injerencias de unos productores, que limitaron sus resultados sin llegar a malograrlos. Basándose en una discreta novela de Sherwood King, Welles supo reconvertir una tradicional intriga criminal en un ìinquietante ejercicio que oscila entre la fascinación y el malestar. La fascinación emanada por una espléndida y ambivalente Rita Hayworth, y el malestar de una conseguida atmósfera malsana. (Fotogramas)

Película estrenada en España el 1 de octubre de 1948.

Título español: La dama de Shanghai.

Reparto: Rita Hayworth, Orson Welles, Everett Sloane, Glenn Anders, Ted De Corsia, Erskine Sanford.


martes, 26 de junio de 2018

Kind Hearts and Coronets (1949). Robert Hamer


Un joven ambicioso y sin escrúpulos (Dennis Price) proyecta vengar la afrenta que la aristocrática familia D'Ascoyne, a la cual pertenece, les ha infligido a él y a su madre. El plan consiste en eliminar a todos los miembros de la familia que le preceden en la sucesión al título de Duque.

Interpretaciones excepcionales de personajes mentirosos e hipócritas, que asesinan, chantajean, que abusan de su poder, ya sea económico, intelectual o físico, pero siempre desde la exquisitez y el buen gusto, desde una esmerada educación, pantalla y escudo a la vez de sus más bajos instintos, a los que el espectador contemplará irremediablemente bajo una sonrisa. (...) Con todo ello, no cabe otra cosa que relajarse y disfrutar de una de las comedias más brillantes de la historia. Una película ingeniosa, mordaz, provocadora. Una película atrevida, un clásico profundamente moderno, deudor del cine de Lubitsch y de Hitchcock. Simplemente, deliciosa. (Antonio Bazaga en El asombrario)

El alcance del filme es prodigioso en su destrucción de lo consabido y aceptado por el consenso social, todo él teñido de un delicado y elegante, casi señorial, anarquismo. (Eam cinema magazine)

La perversa ironía que desprende el film sirve para establecer también una crítica sobre la diferenciación, apariencia y jerarquía social, el arribismo y la pena de muerte, asuntos recogidos en un guión que roza la perfección absoluta. (Antonio Méndez en AlohaCriticón)

Una de las mejores comedias de la Ealing, verdaderamente corrosiva pese a la suavidad de las formas, que pone en la picota las artificiales diferencias de clase. La estructrura del film es un largo flash-back, que ocurre minutos antes de que Louis vaya a ser ejecutado. A partir de ese momento conocemos su historial criminal, y el cinismo con que mantiene dos relaciones amorosas simultáneas. Dennis Price compone bien al protagonista y narrador, pero el que realmente sobresale es Alec Guinness con ocho divertidos personajes del clan Ascoyne, que incluye desde tipos juveniles a un clérigo, un banquero y una sufragista. En su humorada negra, la película se mantiene en los justos límites para hacer reír y pensar. (Decine21)

Ocho sentencias de muerte tiene varios elementos atractivos. Pero son dos los que destacan y hacen que el visionado de esta película pueda ser especial. El empleo sutil del humor negro y la ironía británica que hace que veas toda la película con una sonrisa perenne. No es comedia de carcajada, sino comedia de media sonrisa. De tono burlón elegante y disimulado. (El blog de Hildy Johnson)

A pesar de sus asesinatos e intrigas, sus traiciones y disputas sangrientas, Ocho sentencias de muerte tiene un aire seco y desapegado. (Roger Ebert)

El astuto y hábil Sr. Guinness interpreta ocho vejestorios eduardianos con un ingenio y una variedad tan devastadores que naturalmente domina la película. (Bosley Crowther)

La película de Robert Hamer de 1949 es a menudo citada como la comedia británica definitiva, negra y excéntrica, pero está varios escalones por encima de prácticamente cualquier otra cosa en el género. (Dave Kehr)

Pieza clave dentro del humor negro británico, este film ilustra como un joven sin escrúpulos eliminará a ocho parientes (todos ellos interpretados por Alec Guinness) que se interponen entre él y la herencia familiar. Planteado como si de un ballet se tratara, cada una de las muertes es un prodigio de ingenio, observada con una mirada tan lúcida como irónica. (Fotogramas)

Película estrenada en España el 20 de diciembre de 1962.

Título español: Ocho sentencias de muerte.

Reparto: Dennis Price, Valerie Hobson, Joan Greenwood, Alec Guinness, Audrey Fildes, Miles Malleson, Clive Morton, John Penrose.




lunes, 25 de junio de 2018

In the Name of the Father (1993). Jim Sheridan


Belfast, años 70. Gerry (Day-Lewis) es un gamberro que no hace nada de provecho, para disgusto de su padre Giuseppe (Postlethwaite), un hombre tranquilo y educado. Cuando Gerry se enfrenta al IRA, su padre lo manda a Inglaterra. Una vez allí, por caprichos del azar, es acusado de participar en un atentado terrorista y condenado a cadena perpetua con "los cuatro de Guildford". También su padre es arrestado y encarcelado. En prisión Gerry descubre que la aparente fragilidad de su padre esconde en realidad una gran fuerza interior. Con la ayuda de una abogada entregada a la causa (Thompson), Gerry se propone demostrar su inocencia, limpiar el nombre de su padre y hacer pública la verdad sobre uno de los más lamentables errores legales de la historia reciente de Irlanda.

Sobre la novela autobiográfica de Gerry Conlon, el líder de los cuatro de Guildford, y con la ayuda del soberbio trabajo del guionista Terry George, el director consigue lo más difícil: que el simple documento se convierta en tragedia. Las vibrantes interpretaciones de Daniel Day-Lewis, Pete Postlethwaite y Emma Thompson completan el escenario. El resultado es una metódica disección del sentimiento de culpa que trasciende con holgura la denuncia social para fondear, ya se ha dicho, en el poema trágico. (Luis Martínez en El País)

En el aspecto estrictamente cinematográfico, estamos ante una película densa, donde se pone el acento en denunciar un sistema policial más interesado en encontrar un culpable que en descubrir la verdad. Las secuencias de los interrogatorios iniciales son estremecedoras, sobre todo porque no son tanto tortura física como psicológica. Luego la historia sigue los cauces de un duro drama carcelario –drogas, matones y aislamiento conforman el pan de cada día–, presidido por la relación entre Gerry y su padre Giuseppe. Esta relación es lo mejor del film. Ya dibujada antes de la detención –el padre es una persona de orden, el hijo un pobre ‘colgado’–, cobra nuevos matices en la carcel. A pesar de sus frecuentes disputas y sus diferentes puntos de vista –que se remontan a la niñez de Gerry– se quieren, y se irá produciendo una cierta aproximación. En ese aspecto resulta ilustrativa una secuencia muy bien concebida: la proyección en la cárcel de El padrino de Coppola, –en la que había una relación muy especial entre padre e hijo; de hecho, Sheridan muestra la escena en que don Vito expresa las esperanzas que tenía puestas en el futuro de Michael–, momento en que se produce el alejamiento definitivo entre Gerry y un miembro del IRA; algo sobre lo que Giuseppe ya había aconsejado a Gerry. (Decine21)

Sheridan plantea en su adaptación del caso una puesta en escena austera y confía a sus actores (unos enormes Daniel Day Lewis y Pete Postlethwaite) conducir, con maestría, el filme. Más cercana al docudrama que al melodrama carcelario, sin lugar a dudas una de las películas clave del conflicto norirlandés. (Paula A. Ruiz en Sensacine)

Sheridan dirige con pasión pero también con sobriedad, y en su película los miembros del IRA son tan despreciables como los policías británicos que torturan a jóvenes de los que “sospechan su inocencia”. Sin la menor caída de ritmo ni de convicción, la historia se revoluciona una vez que Gerry es detenido, y nos sumergimos en una verdadera pesadilla sin fin, en un túnel del que no hay salida.(Adrián Massanet en Espinof)

La actuación es tan buena que frecuentemente trasciende las simplicidades del guión, y cada vez que Day-Lewis o Postlethwaite aparecen en la pantalla, la película crepita. (Jonathan Rosenbaum)

[Day-Lewis] demuestra una vez más que es uno de los actores más talentosos e interesantes de su generación. (Roger Ebert)

La brillantez de la película de Jim Sheridan consiste en que llegamos a ver cada evento desde la perspectiva de cómo impacta la relación entre Gerry y su padre, en cuyo nombre se libra la lucha final. (James Berardinelli)

Ante tal tema, la verdad del gesto (...) es realmente esencial. Aquí es exactamente donde el dúo Sheridan / Day-Lewis sobresale. (Agnès de Peck en Positif)

(...) esta película (...) recuerda, por sus métodos ágiles y su ingenuidad, los grandes momentos de la película histórica de Hollywood, en los años 30 y 40. (Thomas Sotinel en Le Monde)

Película estrenada en España el 18 de febrero de 1994.

Título español: En el nombre del padre. 

Reparto: Daniel Day-Lewis, Pete Postlethwaite, Emma Thompson, John Lynch, Don Baker, Leah McCullagh, Jamie Harris, Corin Redgrave.


lunes, 18 de junio de 2018

Kingdom of Heaven (2005). Ridley Scott


Siglo XII, Europa entera está inmersa en las Cruzadas para recuperar la Tierra Santa. Godofredo de Ibelin (Liam Neeson), caballero respetado por el rey de Jerusalén y comprometido con el mantenimiento de la paz en la región, emprende la búsqueda de su hijo ilegítimo Balian (Orlando Bloom), joven herrero francés que llora la pérdida de su mujer y su hijo. Godofredo convence a su hijo para que lo acompañe en su misión. Tras la muerte de su padre, Balian hereda sus tierras y su título de caballero en Jerusalén, ciudad en la que cristianos, musulmanes y judíos han conseguido convivir pacíficamente durante la tregua entre la Segunda y la Tercera Cruzada. Con una fidelidad inquebrantable, Balian sirve a su rey y, además, se enamora de la princesa Sibylla (Eva Green), la enigmática hermana del monarca.

"El resultado (...) es impecable. Funciona el segmento espectacular, con las batallas, el asedio a Jerusalén, los combates cuerpo a cuerpo; pero también funciona el discurso, perfectamente compartible, contrario a la guerra y al choque de civilizaciones." (M. Torreiro: Diario El País)

"Colosal ejercicio cinematográfico (...) una vigencia metafórica asombrosa (...) Con los personajes, y poco más, se baja la monumental película a ras de tierra, se le sirve maciza, pero porosa, al espectador, y sin rasparle por ello ni un gramo de épica ni de lírica. (Oti Rodríguez Marchante: Diario ABC)

No exenta de una mirada crítica hacia el papel de la religión —atención a como se dibuja al personaje del Obispo de Jerusalén—, lo que sorprende del mensaje de 'El reino de los cielos' es la postura conciliadora para con unos musulmanes que, como digo, en aquél momento era vistos con recelo en medio mundo en virtud del 11-S, planteando la cinta una potente reflexión acerca de la tolerancia muy de agradecer ante el enervante clima de crispación que llegaba del otro lado del charco. (Sergio Benítez en Espinof)

El reino de los cielos no es una película perfecta, ni siquiera es una gran película, a pesar de su tamaño, pero tampoco es un fracaso completo o estrepitoso. Por encima de sus aspectos técnicos, artísticos o como quieran denominarse, resplandece una idea, nada despreciable en los tiempos fundamentalistas que corren, de conciliación, de entendimiento entre rivales irreconciliables y, por supuesto, entre culturas y civilizaciones. (Alberto Bermejo en El Cultural)

Con esta banal y falaz aproximación a uno de los choques básicos de la historia de Occidente, el enfrentamiento entre las tres grandes religiones monoteístas (aunque los judíos se han vuelto invisibles para el director inglés), se ha hecho un flaco favor al cine. De buenos sentimientos está empedrado el infierno cinematográfico. (Santiago Navajas en Libertad digital)

El sentimiento religioso se acumula en una torre de gelatina políticamente correcta. (Andrew Sarris)
 
Una batalla espectacular por Jerusalén, como solo Ridley Scott podría dirigir. (Roger Ebert)


No puede abandonar el cine sintiéndose mejor educado sobre la historia o iluminado acerca de las Cruzadas, pero se irá satisfecho de que el realizador haya entregado 145 minutos de cine emocionante y visceral. (James Berardinelli)
 
Lejos de perjudicar, el esquematismo es la cualidad evidente de un relato que escapa a las peripecias obligadas de la iniciación y encuentra su fuente en una sorprendente sofisticación. (...) Hay dos inconvenientes en este gran tapiz. El primero, un pecado menor, es que relativiza toda posición: bien y mal trabajan igualmente punto al derecho y punto al revés. El segundo, pecado capital estigmatizado por el imperdonable aburrimiento, es la confusión del motivo. (Jean-Pierre Rehm en Cahiers du Cinéma)

Al final, El reino de los cielos, aunque siempre es interesante y, a veces, agradable, es un fracaso parcial o, si se prefiere, un éxito mediano. Excelente interpretación general, con una mención especial a Edward Norton (...) (Christian Viviani en Positif)

Este caballero sin miedo y sin reproche, prohibiéndose a sí mismo "toda vana jactancia" como habría dicho Georges Duby, es del temple de los irreductibles idealizados por Ridley Scott (...). La puesta en escena confirma la maestría de uno de los más hábiles cineastas en materia de gran espectáculo. (Jean-Luc Douin en Le Monde)

El nuevo cine épico de esta era digital es cada vez más físico, cada vez más convincente, pero su capacidad de asombro parece sometida a una erosión implacable. El género ha formulado sus nuevos lugares comunes: el brillo y las sorpresas suelen estar en papeles secundarios como, en este caso, los de Liam Neeson o un Edward Norton que se despide con un plano que parece un re-enacting de, a la vez, El retorno del Jedi y Hannibal. Es posible que el espectador salga de la sala preguntándose si la Historia se trazó con un manual de escritura de guión en la mano. (Jordi Costa en Fotogramas)

Película estrenada en España el 6 de mayo de 2005.

Título español: El reino de los cielos.

Reparto: Orlando Bloom, Eva Green, Jeremy Irons, David Thewlis, Brendan Gleeson, Marton Csokas, Liam Neeson, Edward Norton. Ghassan Massoud.




jueves, 7 de junio de 2018

Bringing Up Baby (1938). Howard Hawks


David Huxley (Cary Grant) es un paleontólogo tímido y despistado que está a punto de acabar la laboriosa reconstrucción del esqueleto de un brontosaurio, del que sólo le falta una clavícula intercostal. También está a punto de casarse con su anodina secretaria. En un partido de golf con el abogado de una solterona millonaria, potencial mecenas del museo para el que trabaja, Huxley conoce a Susan Vance (Katharine Hepburn), una joven adinerada y caprichosa que lo manipulará para que no lleve a cabo ninguno de sus dos proyectos.

Bringing Up Baby fue un fracaso rotundo de taquilla, lo que provocó que Howard Hawks fuera apartado de la dirección de la que iba a ser su siguiente película (Gunga Din, también con Cary Grant),​ y obligó a Hepburn a pagar su parte del contrato. Sin embargo, a medida que pasaron los años, la película obtuvo cada vez más atención, hasta convertirse en un clásico de la comedia. En la lista de las cien mejores películas confeccionada por el American Film Institute en 1997, Bringing Up Baby ocupó el puesto 97.

"Todo un clásico del cine (...) transforma las situaciones más cotidianas en un complicado y divertido juego de sentimientos. Irresistible y genial." (Fernando Morales: Diario El País)
 
Una de las mejores “screwball comedies” de la historia del cine. Basada en un cuento de Hagar Wilde, la película es una comedia redonda, con caracterizaciones inolvidables (Cary Grant en un estilo Harold Lloyd), una trama muy divertida, en donde tanto cabe la batalla de sexos como la falsa identidad, el equívoco, la farsa, el slapstick, el humor gestual, el contrapunto psicológico, la ironía, la parodia romántica o el absurdo. La exposición es vertiginosa, con múltiples personajes excéntricos bien conexionados (el psiquiatra, el comisario, el jardinero, el cazador…), diálogos brillantes, rápidos (incluso superpuestos), ágil transición de escenas en una ficción de una duración de dos días, gran química entre la pareja protagonista en un contraste delirante entre actitudes de responsabilidad e irresponsabilidad. (AlohaCriticón)
 
Hawks imprime a la cinta un ritmo frenético, siendo esta una de las numerosas claves del éxito de la misma. Según sus propias palabras, sus películas eran un 20% más rápidas que las del resto de directores. Puede que fuera así, pero este hecho no era el responsable del excelente ritmo de sus obras, sino la maestría con la que narraba cada uno de sus argumentos. Gran parte del mérito del guión de la película es atribuible a su maravillosa mente. A pesar de no figurar en los créditos de la mayor parte de sus obras, era el principal responsable de los mismos; su voluntad de colaborar con los mejores guionistas de Hollywood, implicaba la cesión de todo el protagonismo en favor de dichos especialistas para evitar discusiones en la autoría. (Carlos Fernández Castro en Bandeja de plata)
 
Aunque es casi imposible, trate de sentarse en algún momento y disfrutar de esta obra maestra de Howard Hawks de 1938, no solo por sus gags, sino por la gracia de su construcción, la seguridad de su estilo y la riqueza de sus temas. (Dave Kehr)

Las características narrativas y temáticas de Bringing Up Baby tienen mucho en común con las de las comedias de Shakespeare. (Sean Axmaker)

¡La felicidad existe! Es en blanco y negro y dura ciento dos minutos, durante los cuales Katharine Hepburn, imperial, sublime, hace malabarismos con las aceitunas, roba la ropa de Cary Grant para que se quede más tiempo con ella y trata de domesticar a un leopardo (...) Una cima de la comedia estadounidense de finales de la década de 1930 y una brillante puesta en escena de Howard Hawks. Esencial. (Les Echos)
 
Al hacer que el trabajo sea la principal preocupación de sus héroes, Hawks primero se preocupa por la eficiencia. Lo cual no significa que esté perdiendo interés en la moral. (...) Más que una moral de la acción, es una moral en acción. (Télérama)
 
Ejemplar comedia que constituye uno de los puntos álgidos del género en su registro más enloquecido. En la misma confluyeron los factores adecuados: un guión sumamente brillante, unos intérpretes idóneos y una realización que supo aunar sus componentes con sentido del equilibrio y la suficiente sorna. El resultado es uno de estos productos que siguen sorprendiendo tanto por su frescura como por su inteligencia. (Fotogramas)

Película estrenada en España el 13 de enero de 1941.

Título español: La fiera de mi niña.

Reparto: Katharine Hepburn, Cary Grant, May Robson, Charles Ruggles, Walter Catlett, Fritz Feld, George Irving, Barry Fitzgerald.