miércoles, 22 de julio de 2026

Tierra de rastrojos (1980). Antonio Gonzalo


Estrenada en 1980, en pleno proceso de consolidación democrática, Tierra de rastrojos pertenece a esa hornada de cine español que aprovechó el fin de la censura para volver la mirada hacia episodios silenciados de la historia reciente del país. Antonio Gonzalo, su director, se suma así a una generación de cineastas que, tras la muerte de Franco, sintió la urgencia de reconstruir en imágenes la memoria rural y obrera que el franquismo había mantenido fuera de las pantallas. La película se inscribe, por tanto, menos en la lógica del entretenimiento que en la de la reparación histórica: recuperar para el gran público un mundo campesino que había sido protagonista de conflictos decisivos y que, sin embargo, apenas había tenido representación cinematográfica propia.

El protagonista fundamental es la tierra y las gentes que viven en ella. He querido reflejar un campo multiforme, terrible y duro y bello a la vez en donde los campesinos viven una serie de acontecimientos de aquella época como fueron la huelga general del campo andaluz en 1935, la República, la guerra civil, etc. (…) El cine requiere una plástica determinada. Se ha buscado una austeridad, una gama de colores, una sonorización con fuerza. Todo un proceso complejo en el que se han utilizado 45 grabaciones en directo. La música está al servicio de las imágenes y se ha construido un código de lenguaje. Ha habido un trabajo de investigación lingüística. (Antonio Gonzalo en ABC Sevilla del 16 de marzo de 1980)

El origen literario de la obra explica en buena medida su tono. Gonzalo, junto a Ana Galván, adaptó la novela homónima de Antonio García Cano, cordobés de origen campesino que había conocido en carne propia la vida del jornalero antes de convertirse en escritor y sindicalista, y que llegó a redactar sus textos desde la cárcel. Ese origen no académico, sino vivido, se transmite a la película como una autenticidad de detalle: no se trata de una mirada externa y compasiva sobre el campo, sino de un relato construido desde dentro, con el conocimiento preciso de los ritmos, los gestos y las jerarquías de la vida agraria.

El argumento se sitúa en el campo andaluz durante los años treinta, en los años previos a la proclamación de la Segunda República y en sus primeros compases. Un grupo de jornaleros y aparceros protagoniza un proceso de movilización y organización sindical en defensa de derechos elementales: el acceso a la tierra, la dignidad del trabajo, la resistencia frente a la llegada de maquinaria que amenaza con dejarlos sin sustento. La trama sigue de cerca a una pareja campesina cuya vida cotidiana se ve atravesada por la presencia del terrateniente ausente y del capataz que administra el desprecio como forma de control, en un esquema de dominación que la película expone con insistencia casi documental.

Formalmente, Tierra de rastrojos se mueve deliberadamente en la frontera entre el documental y la ficción. El guion, despojado de ornamento literario, busca dar primacía a lo plástico y a lo visual: el paisaje de rastrojo, esa tierra ya segada de la que malviven quienes no se quedaron con la cosecha, funciona como metáfora explícita del título y como territorio simbólico de la película entera. La investigación sobre el color y el sonido del campo andaluz, más que un simple decorado, se convierte en un instrumento narrativo que sustituye al diálogo explicativo por la observación paciente de cuerpos, gestos y espacios de trabajo.

El reparto, encabezado por María Luisa San José, Joaquín Hinojosa y María Asquerino, con la participación de Luis Politti, Santiago Ramos y Walter Vidarte, entre otros, sostiene ese registro semidocumental con una interpretación contenida, alejada del gesto melodramático. La presencia del cantautor Manuel Gerena en el reparto añade una capa adicional de autenticidad, en la medida en que su propia trayectoria artística está ligada al cante como forma de protesta social andaluza, tejiendo un puente entre la tradición oral del cante jondo y el relato fílmico.

El trasfondo histórico resulta inseparable del relato: los jornaleros aparecen vinculados, sin que la película lo precise del todo, a organizaciones de tipo cenetista, y su esperanza se deposita en la victoria electoral del Frente Popular. Ese horizonte de expectativa se quiebra con la llegada del golpe militar, cuando caciques, ejército y Falange emprenden la represión sobre quienes se habían destacado en las luchas agrarias. Al situar el estallido de la Guerra Civil como desenlace de un conflicto social previo y no como un hecho aislado, la película propone una lectura de la contienda enraizada en las desigualdades del campo, más que en la mera confrontación ideológica abstracta.

Dentro de la trayectoria de Antonio Gonzalo, y dentro del cine español de esos años, Tierra de rastrojos dialoga con una tradición de cine rural y social que, con distintos acentos, recorre títulos centrados en la Andalucía agraria y en la memoria de la Guerra Civil desde el punto de vista de los vencidos. Su condición de adaptación de una novela carcelaria, escrita por un autor no profesional, la distingue sin embargo de aproximaciones más literarias o esteticistas al mismo periodo, y la acerca a un cine de intención testimonial que prioriza la fidelidad a los hechos narrados por encima de la elaboración dramática convencional.

Vista hoy, Tierra de rastrojos funciona mejor como documento que como relato dramático plenamente logrado. Su mayor virtud —la voluntad de fidelidad al material original y la apuesta por lo visual y lo sonoro frente a la explicación verbal— es también su principal límite: al descargar el guion de literatura, como reconocían sus propios responsables, la película corre el riesgo de una cierta esquematización de los personajes, reducidos con frecuencia a su función social (el jornalero, el capataz, el terrateniente) más que desarrollados como individuos complejos. La ambigüedad deliberada sobre la filiación sindical de los protagonistas, aunque comprensible en el contexto de un cine que todavía tanteaba los límites de la representación política tras la censura, deja además la sensación de una película que no siempre se atreve a nombrar del todo aquello que sí muestra. Con todo, su valor como testimonio de una memoria rural silenciada, su origen en una novela nacida literalmente en prisión, y su lectura del estallido de la guerra como culminación de un conflicto agrario no resuelto, la convierten en una pieza pequeña pero significativa del cine español de la Transición: un intento honesto, aunque desigual en su ejecución, de devolver la palabra —y la imagen— a quienes la historia oficial había dejado sin ellas.

Película estrenada en Sevilla el 13 de marzo de 1980 en Multicentro Alameda.

Reparto: María Luisa San José, Joaquín Hinojosa, María Asquerino, Luis Politti, Santiago Ramos, Walter Vidarte, Manuel Gerena, Francisco Casares, Emilio Fornet, Ricardo Palacios.

martes, 7 de julio de 2026

La loba (The Little Foxes, 1941). William Wyler

                                                   

William Wyler estrena en 1941 esta adaptación de la obra teatral homónima de Lillian Hellman, quien también firma el guion, en una de las colaboraciones más fructíferas entre el cine clásico de Hollywood y el teatro de denuncia social norteamericano. Ambientada en el sur profundo de Estados Unidos a comienzos del siglo XX, la película narra las maquinaciones de la familia Hubbard, cuyos miembros —hermanos y cuñados unidos por la codicia más que por el afecto— compiten sin escrúpulos por controlar un lucrativo negocio industrial, sacrificando en el camino cualquier vestigio de lealtad familiar.

Para forjar esta película, “La loba”, el director, William Wyler, se ha servido de un asunto agrio, espeluznante, sombrío (...) Abunda la película, pese a lo repelente del tema, en aciertos de realización y en bellezas fotográficas. (Miguel Ródenas en ABC del 29 de marzo de 1944)

En el centro de esta trama se alza Regina Giddens, interpretada por Bette Davis en una de las composiciones más gélidas y calculadas de toda su carrera. Davis construye un personaje de ambición feroz, capaz de manipular a su marido enfermo y a sus propios hermanos con una frialdad que roza lo aterrador, sin recurrir jamás al histrionismo. Es una interpretación de contención antes que de exceso, en la que los silencios y las miradas pesan tanto como los diálogos, y que consolidó definitivamente a la actriz como la gran dama del melodrama adulto de la época.

Wyler, fiel a su reputación de perfeccionista, traslada la teatralidad del texto original sin traicionar sus virtudes dramáticas, evitando la estaticidad que suele lastrar las adaptaciones de obras de escenario. El director organiza el espacio doméstico —principalmente el salón de la mansión Giddens— como un auténtico campo de batalla psicológico, en el que cada movimiento de cámara y cada disposición de los personajes en el encuadre revela relaciones de poder, alianzas pasajeras y traiciones en ciernes.

Resulta decisivo en este sentido el trabajo de fotografía de Gregg Toland, quien despliega aquí su célebre técnica de profundidad de campo, la misma que perfeccionaría poco después en Ciudadano Kane. Toland permite que la acción se desarrolle simultáneamente en primer plano y en el fondo del encuadre, de manera que el espectador puede observar, en una misma composición, la conversación que ocurre en primer término y la reacción silenciosa de otro personaje al otro lado de la habitación, subrayando visualmente la naturaleza calculadora y observadora de toda la familia.

El guion de Hellman, heredero directo de su experiencia teatral, no disimula su vocación de crítica social: los Hubbard representan una nueva burguesía industrial dispuesta a enriquecerse a costa de la explotación económica del Sur y de la destrucción de sus propios lazos de sangre. La película, estrenada en pleno ascenso del cine de compromiso social norteamericano, plantea una reflexión amarga sobre el capitalismo depredador y sobre cómo la avaricia corroe cualquier vínculo humano, incluido el matrimonial y el fraterno.

El reparto secundario acompaña con solvencia a Davis: Herbert Marshall aporta la fragilidad moral y física necesaria al personaje del marido enfermo, mientras que Teresa Wright, en su debut cinematográfico, encarna la conciencia moral de la historia como la joven que observa con creciente horror la corrupción de su propia familia. La tensión entre generaciones —la vieja guardia sureña, sus herederos sin escrúpulos y la juventud que empieza a rechazar ese legado— constituye uno de los ejes dramáticos más logrados del filme.

Técnicamente, la película exhibe también un notable dominio del ritmo narrativo pese a su origen teatral: Wyler sabe cuándo detener la acción para que el diálogo respire y cuándo acelerar el montaje en los momentos de mayor tensión dramática, como en la escalofriante escena en la que Regina permanece impasible mientras su marido sufre un ataque cardíaco a escasos metros de ella. Esa secuencia, filmada con extrema sobriedad formal, condensa mejor que ninguna otra el tono moral de toda la obra.

La loba es un ejemplo perfecto de cómo el cine clásico de Hollywood podía asimilar el teatro de ideas sin perder fuerza cinematográfica propia, gracias a la conjunción de un guion afilado, una dirección precisa y una fotografía revolucionaria para su tiempo. Bette Davis firma aquí una de sus interpretaciones más memorables, sostenida en la contención y no en el efectismo, y Wyler demuestra una vez más su capacidad para dotar de tensión visual a espacios cerrados y dramas de cámara. Si algo puede reprochársele a la película es cierta rigidez derivada de su origen teatral, perceptible en algunos parlamentos algo declamatorios, propios de una época en que el cine aún dialogaba muy de cerca con las convenciones de la escena. Con todo, se trata de una obra mayor del melodrama social norteamericano, tan incómoda en su retrato de la codicia familiar como vigente en su denuncia del poder económico sin escrúpulos.

Película estrenada en Madrid el 19 de marzo de 1944 en el cine Callao.

Reparto: Bette Davis, Herbert Marshall, Teresa Wright, Richard Carlson, Patricia Collinge, Carl Benton Reid, Russell Hicks.

jueves, 2 de julio de 2026

La historia más grande jamás contada (The Greatest Story Ever Told, 1965). George Stevens

                                                 

Cuando George Stevens emprendió la realización de La historia más grande jamás contada, ya era uno de los grandes nombres del clasicismo hollywoodiense, con títulos como Un lugar en el sol, Raíces profundas o Gigante a sus espaldas, y llegaba a este proyecto sobre la vida de Jesús de Nazaret con la ambición de ofrecer la versión definitiva del relato evangélico. El filme nació con vocación de superproducción hollywoodiense concebida como la película definitiva sobre la figura de Jesucristo, para lo cual Stevens dispuso de un presupuesto amplísimo y de un reparto estelar. Esta ambición totalizadora, lejos de resultar una anécdota de producción, condiciona por completo la naturaleza de la obra: no se trata de una película que narre un episodio o una etapa de la vida de Cristo, sino de un fresco que aspira a recorrerla en su integridad, desde el nacimiento hasta la resurrección, con la solemnidad de quien filma un texto sagrado.

En “La historia más grande jamás contada”, el paisaje, el cielo, las nubes, el color, el sonido, son de admirable hermosura. Toda la gran película está montada con un academicismo, con una composición tan meditada y precisa, que le hace perder espontaneidad y frescor. No hay en ella un solo detalle que no obedezca a un criterio pictórico previo y muy elaborado mentalmente. Y ese sistema que se desborda también desde otras escenografías ampulosas y acartonadas, a veces demasiado “cantarinas” dentro de su aparatosidad, asordina y empequeñece el paso de Cristo por tan artificiosos caminos. (Gabriel García Espina en ABC del 13 de octubre de 1965)

La coproducción, sin embargo, no fue enteramente propiedad de Stevens. El director contó con la colaboración no acreditada de Jean Negulesco y de David Lean, quien se encargó de filmar varias secuencias en el intervalo entre Lawrence de Arabia y Doctor Zhivago. Este dato, más allá de la curiosidad cinéfila, ilumina un rasgo estructural del filme: su condición de obra coral en el sentido más literal, cosida por distintas manos bajo una misma voluntad estilística, la de un clasicismo pictórico y monumental que privilegia el plano general, el paisaje desértico y la composición casi religiosa de la imagen sobre la intimidad del primer plano. La elección de rodar buena parte de la película en los parajes de Arizona y Utah, sustituyendo Tierra Santa por la iconografía del western, revela hasta qué punto Stevens concebía la Palestina bíblica como un territorio mítico antes que histórico, más cercano al imaginario del cine del Oeste que al de la reconstrucción arqueológica.

La elección de Max von Sydow para encarnar a Jesús constituye, sin duda, la decisión más arriesgada y a la vez más coherente del proyecto. Frente a la tentación de recurrir a una estrella reconocible del star-system norteamericano, Stevens optó por un actor sueco vinculado al cine de Ingmar Bergman, dotado de un rostro ascético y una economía interpretativa que evita el histrionismo devocional habitual en el género bíblico. Von Sydow construye una figura distante, casi hierática, que se sostiene más en la mirada y en el silencio que en la palabra, y que contrasta deliberadamente con el enjambre de rostros célebres que puebla el resto del reparto. El elenco reunió, entre otros, a Charlton Heston, Dorothy McGuire, Claude Rains, José Ferrer, Telly Savalas, Angela Lansbury, Martin Landau, Sidney Poitier, John Wayne o Shelley Winters, muchos de ellos en apariciones breves que funcionan casi como cameos de reconocimiento, una estrategia que, si por un lado dota al relato de un prestigio coral, por otro introduce un efecto de distracción que compite con la sobriedad buscada en la figura central.

Ese desequilibrio entre el hieratismo de Von Sydow y la sobreabundancia de rostros célebres constituye, precisamente, uno de los focos de controversia más citados por la crítica de la época. La intervención de John Wayne como el centurión al pie de la cruz se ha convertido en un caso paradigmático de esta tensión: la anécdota, repetida hasta la saciedad, señala que Stevens le pidió mayor asombro en la lectura de su única línea, y que el actor respondió con un tono que muchos comentaristas juzgaron más propio del western que de la tragedia sacra. Más allá de la veracidad literal de la anécdota, esta ilustra un problema real de la película: la dificultad de hacer coexistir la iconografía y los rostros del cine popular norteamericano con la solemnidad de un relato que aspira al registro de lo sagrado, y que en ciertos pasajes tropieza con la familiaridad excesiva del espectador hacia sus intérpretes.

En el plano técnico, la película es un despliegue de recursos propio del final de una era en el cine hollywoodiense, la de las grandes superproducciones en formato panorámico concebidas para competir con la televisión. Fue realizada en Ultra Panavisión 70 y proyectada en las grandes ciudades en Cinerama de 70 mm, un formato que permite a Stevens desplegar composiciones de una amplitud casi pictórica, en las que el paisaje desértico se convierte en un personaje más del relato. La fotografía, a cargo de Loyal Griggs y William C. Mellor, y la partitura de Alfred Newman, que incorpora fragmentos del Mesías de Haendel y del Réquiem de Verdi en arreglos de Ken Darby, refuerzan esa vocación de gran fresco sinfónico, en el que la imagen y la música buscan producir un efecto de elevación casi litúrgica antes que de progresión narrativa convencional.

Precisamente ese carácter litúrgico es el que explica la duración descomunal del filme y, con ella, buena parte de las reticencias que ha suscitado desde su estreno. La amplitud del arco temporal narrado y la minuciosidad con que se detallan los hechos han llevado a algunos comentaristas a rebautizar sarcásticamente la película como «la historia más larga jamás contada», un juego de palabras que resume con precisión el reparo principal formulado contra la obra: su ritmo contemplativo, cercano a la homilía, tiende a diluir la tensión dramática en favor de una acumulación casi enciclopédica de episodios evangélicos. El guion, elaborado por Stevens junto a James Lee Barrett a partir del libro de Fulton Oursler y de los textos bíblicos, opta por incluir el mayor número posible de pasajes conocidos, lo que convierte la película en un compendio antes que en un relato dramático de arco cerrado, y explica que muchos espectadores la perciban como una sucesión de estampas más que como una historia con progresión interna.

La recepción crítica y de la Academia reflejó con fidelidad esta ambivalencia. La película fue candidata a cinco premios Óscar, en las categorías de banda sonora, fotografía, dirección artística, diseño de vestuario y efectos visuales, un reconocimiento centrado casi exclusivamente en su dimensión artesanal y técnica, sin que ninguna de esas nominaciones alcanzara las categorías de dirección, guion o interpretación. Este dato es revelador: la industria y la crítica de la época valoraron el filme como un prodigio de artesanía visual y sonora, pero no como una obra dramáticamente lograda, lo que confirma que el desequilibrio entre ambición formal y eficacia narrativa fue percibido de manera generalizada desde el momento mismo de su estreno.

La historia más grande jamás contada es, en definitiva, una obra que ilustra con nitidez los límites del clasicismo hollywoodiense en su fase crepuscular, cuando el gigantismo de producción ya no bastaba para sostener por sí solo la emoción dramática que había caracterizado al mejor cine de estudios. Stevens, cineasta de innegable talento pictórico y de una sensibilidad ética forjada en su experiencia como camarógrafo durante la liberación de los campos de concentración, trasladó a este proyecto una voluntad de trascendencia que, paradójicamente, termina por asfixiar la humanidad del relato evangélico bajo el peso del formato panorámico, la duración excesiva y la acumulación de estrellas. El resultado es una película fascinante como objeto de estudio —por su ambición desmedida, por su condición de crónica de una industria en transición, por la audacia de su elección protagonista— pero fallida como experiencia dramática sostenida, incapaz de encontrar el equilibrio entre la monumentalidad visual que persigue y la intimidad emocional que un relato sobre la figura de Cristo exigiría. Su valor, hoy, reside menos en su eficacia narrativa que en su condición de testimonio postrero de una manera de entender el cine como liturgia colectiva, hoy irremediablemente extinguida.

Película estrenada en Madrid el 11 de octubre de 1965 en el cine Albéniz.

Reparto: Max von Sydow, Dorothy McGuire, Charlton Heston, Claude Rains, José Ferrer, Telly Savalas, Martin Landau, David McCallum, Donald Pleasence, Roddy McDowall.

martes, 30 de junio de 2026

Hilda Crane (1956). Philip Dunne

La película se abre con el regreso de Hilda Crane (Jean Simmons) a su pueblo natal después de un período fracasado en Nueva York que ha dejado tras de sí dos matrimonios rotos. Hilda quiso vivir con la misma libertad que se le permitía a un hombre, en una época en que eso no era impensable pero sí motivo de comentario constante, y su regreso a casa, lejos de suponer un refugio, la sitúa de inmediato bajo la mirada vigilante de una comunidad pequeña donde el divorcio repetido equivale a un estigma. Dunne plantea desde el primer acto la tensión central del filme: una mujer adulta, formada y con experiencia vital, obligada a justificar su pasado ante un entorno que la reduce a la categoría de soltera problemática en busca de redención doméstica.

La madre de Hilda, Stella Crane, encarna esa vigilancia social desde dentro del propio hogar: no hay descanso posible para la protagonista ni siquiera en el espacio que debería ofrecerle alivio, porque la madre traduce cada gesto de su hija en términos de vergüenza familiar y de qué dirán los vecinos. Esta dinámica materno-filial, que según declaraciones del propio Samson Raphaelson era el núcleo original de su obra teatral antes de ampliarse hacia el triángulo romántico, dota a la película de una capa adicional de asfixia: Hilda no solo debe lidiar con sus pretendientes, sino con la imposibilidad de ser vista por su propia madre como algo distinto de un fracaso que reparar.

Casi de inmediato aparece Russell Burns (Guy Madison), un constructor próspero del pueblo que se enamora de Hilda con una rapidez que roza lo precipitado y le propone matrimonio apenas reanudado el contacto entre ambos. Russell representa la opción de la respetabilidad: estabilidad económica, posición social reconocida, una vida previsible. Sin embargo, el personaje está dibujado con una blandura deliberada —dócil, dependiente emocionalmente de su madre, incapaz de imponer autoridad propia— que convierte su atractivo en puramente formal: Hilda no lo ama, pero ve en él la posibilidad de una vida ordenada que la libere del juicio constante.

Frente a Russell se erige Jacques de Lisle (Jean-Pierre Aumont), antiguo profesor universitario de Hilda y amante de un pasado que el pueblo conoce y desaprueba. De Lisle es el polo opuesto de Russell: sofisticado, europeo, sexualmente directo, pero también manifiestamente interesado en Hilda como amante antes que como esposa, sin intención real de ofrecerle la legitimidad social que ella, pese a su deseo de independencia, no logra del todo descartar. La película construye así una disyuntiva clásica del melodrama femenino de la época: pasión sin futuro frente a futuro sin pasión, sin que ninguna de las dos opciones le permita a Hilda ser plenamente dueña de su propia vida.

El obstáculo más concreto a la felicidad conyugal de Hilda no es, sin embargo, ninguno de sus dos pretendientes, sino la madre de Russell, interpretada por Evelyn Varden como una suegra hostil que intenta por todos los medios impedir el matrimonio, incluyendo presiones económicas directas sobre Hilda para que renuncie a su hijo. La muerte súbita de esta mujer por un infarto, ocurrida poco después de que Hilda rechace sus condiciones, no resuelve el conflicto sino que lo enquista: su sombra queda instalada en la casa familiar donde la pareja se ve obligada a vivir, y la culpa larvada por esa muerte erosiona progresivamente la ya frágil relación entre los esposos.

La segunda mitad de la película registra el deterioro del matrimonio: Russell se vuelve distante y huraño, incapaz de procesar el duelo por su madre o de ofrecerle a Hilda el afecto activo que ella necesita, mientras esta retoma el contacto con De Lisle en un affaire que amenaza con destruir definitivamente la unión. Hilda comienza a beber, atrapada aún en la casa de su suegra, hasta que una nueva reprimenda de su madre la lleva a un punto de quiebre y traga un frasco de pastillas para dormir con intención de suicidarse. Este intento de suicidio constituye el clímax emocional del filme y el momento en que la presión acumulada de las tres figuras femeninas que rodean a Hilda —madre, suegra, y la propia Hilda enfrentada a sí misma— estalla de manera más explícita.

Hilda sobrevive al intento y el desenlace llega cuando Russell le promete restaurar su amor y retomar la construcción de la nueva casa que habían proyectado juntos, una imagen que funciona como metáfora visual de reconstrucción matrimonial. La resolución es deliberadamente conciliadora: el affaire con De Lisle queda atrás, la sombra de la suegra se disipa, y la pareja se reencuentra en una promesa de futuro doméstico que cierra el círculo abierto en el primer acto, devolviendo a Hilda, no sin ambigüedad, al lugar exacto del que había partido.

Como conclusión crítica, Hilda Crane es un ejemplo característico del "women's picture" de mediados de los cincuenta producido por la Fox, emparentado tonalmente con el melodrama sirkiano de la época —no en vano comparte con Solo el cielo lo sabe esa misma maquinaria de represión social disfrazada de respetabilidad doméstica—, aunque sin alcanzar la distancia irónica ni el control visual que Douglas Sirk imprimía a sus propios materiales. Su mayor virtud reside en el contraste entre la modernidad del personaje de Hilda, una mujer que aspira a la autonomía sexual y económica en un momento en que eso resultaba escandaloso, y el marco narrativo profundamente convencional que termina por castigarla simbólicamente y reconducirla hacia el matrimonio como única salida posible; ese desajuste entre ambición temática y resolución conservadora es, a la vez, lo más interesante y lo más frustrante del filme. Jean Simmons sostiene la película con una interpretación de notable matiz emocional, capaz de transmitir simultáneamente altivez, fragilidad y hastío, mientras que el guion, fiel a su origen teatral, resulta excesivamente verboso y dado a la autoexplicación psicológica explícita de la protagonista, lastrando el ritmo dramático en varios tramos. El resultado es una obra menor pero reveladora: un documento de época sobre la ansiedad cultural ante la mujer divorciada e independiente, filmado con la elegancia visual habitual del Cinemascope y el Technicolor de la Fox de la época, pero incapaz, en última instancia, de sostener hasta el final la complejidad moral que su protagonista promete.

Película no estrenada comercialmente en España. TVE la pasó el 1 de mayo de 1975.

Reparto: Jean Simmons, Guy Madison, Jean-Pierre Aumont, Judith Evelyn, Evelyn Varden, Peggy Knudsen, Gregg Palmer.

jueves, 25 de junio de 2026

Lady Halcón (Ladyhawke, 1985). Richard Donner

Lady Halcón (Ladyhawke), dirigida por Richard Donner y estrenada en 1985, pertenece a ese género escurridizo que podríamos llamar fantasía romántica medieval, un territorio que el cine de los ochenta exploró con desigual fortuna. Con un reparto encabezado por Rutger Hauer, Michelle Pfeiffer y Matthew Broderick, la película narra la historia de Etienne Navarre, un antiguo capitán de la guardia, y Isabeau d'Anjou, una joven noble, condenados por el obispo corrupto de Aquila a existir en perpetua alternancia: él se transforma en lobo al anochecer, ella en halcón al amanecer, de modo que nunca pueden coincidir en forma humana bajo la misma luz. Siempre juntos, eternamente separados. La premisa es de una elegancia cruel y constituye el verdadero corazón del film.

Donner ha sabido encontrar el ritmo justo, cuidando incluso el cromatismo dramático, para que la película camine entre ensoñaciones y realidades, plenamente sugestiva para el espectador con un mínimo de fantasía. (...) La iluminación y el color de las imágenes conceden a la película una singularísima belleza, realzando la propia de los paisajes italianos donde se rodó y la casi inventada de los decorados. (Pedro Crespo en ABC del 5 de julio de 1985)

El guion, obra de Edward Khmara, Tom Mankiewicz y David Webb Peoples, introduce como punto de vista narrativo al joven ladrón Phillipe Gaston, apodado "el Ratón", cuya función es doble: aligerar la gravedad del argumento con un humor casi cervantino —él mismo mantiene una conversación permanente con Dios que resulta cómica y genuinamente tierna— y servir de testigo involuntario de un amor que nunca podrá comprender del todo. Esta elección es uno de los grandes aciertos estructurales del guion: la maldición no se explica mediante un narrador omnisciente sino que se revela progresivamente a través de los ojos de alguien que tampoco sabe lo que ve, lo que confiere al relato una textura de misterio que se sostiene durante buena parte del metraje.

La dirección de Donner, cineasta más reconocido en aquel momento por los dos primeros Superman y Los Goonies, demuestra aquí una sensibilidad visual que no siempre se le ha reconocido. La fotografía de Vittorio Storaro es sencillamente espléndida: las localizaciones italianas —Castel del Monte, las ruinas de Bazzano, el lago di Cecita— se fotografían con una luz siempre liminal, crepuscular o auroral, que refuerza temáticamente la frontera entre el día y la noche en que viven atrapados los protagonistas. Storaro, que venía de trabajar con Bertolucci y Coppola, imprime al film una nobleza visual que supera con claridad las convenciones del género fantástico hollywoodiense de su época.

Rutger Hauer, en el papel de Navarre, construye un héroe sombrío y contenido, casi sin fisuras sentimentales, cuya intensidad se sostiene mediante la economía gestual más que por el discurso dramático. Es una interpretación que hoy resulta refrescante precisamente por lo que omite. Michelle Pfeiffer, en cambio, tiene el reto más ingrato: su personaje existe casi siempre en forma de pájaro o en breves destellos humanos al filo del amanecer. Que logre construir una presencia emotiva y no meramente decorativa en tan poco tiempo de pantalla habla de una inteligencia actoral que ya apuntaba hacia la carrera extraordinaria que vendría. Matthew Broderick, finalmente, hace de Phillipe un personaje luminoso y autoconsciente, extrañamente moderno dentro del universo medieval del film.

El punto más discutido de la película —y con razón— es su banda sonora, compuesta por Andrew Powell sobre temas de Alan Parsons Project. La decisión de utilizar sintetizadores de pop electrónico en un contexto medieval no es meramente excéntrica: resulta directamente disonante, y en varias secuencias de acción la música rompe el verosímil con una frialdad que bordea el accidente. Es el talón de Aquiles del film, y en ello coincide prácticamente toda la crítica posterior. Hay quien ha argumentado que ese anacronismo es deliberado, una forma de subrayar la atemporalidad del tema central; es una defensa ingeniosa pero poco convincente.

La maldición que articula el relato funciona también como alegoría del amor imposible en un sentido más amplio: la del deseo que no puede consumarse mientras dure la condena social, religiosa o política que lo prohíbe. El obispo de Aquila, interpretado por John Wood con una untuosidad magistral, representa el poder eclesiástico que convierte el amor en pecado y castiga su transgresión con la separación perpetua. Que sea precisamente él quien haya deseado a Isabeau antes de maldecirla añade una capa de hipocresía y venganza que el guion no desarrolla del todo, pero que funciona como trasfondo oscuro de toda la historia.

La conclusión del film, el momento en que la maldición se rompe y Navarre e Isabeau se ven por primera vez como humanos bajo la misma luz, tiene la sencillez de un milagro contenido. Donner no cede a la tentación del exceso, y Storaro filma el instante con una claridad casi dolorosa. Es uno de esos finales que no necesitan explicarse porque su verdad es visual antes que narrativa: dos personas mirándose como si el mundo acabara de empezar. Pocas veces el cine fantástico ha sabido convertir la resolución de una trama en algo que se parezca tanto a una emoción pura.

Lady Halcón es, en definitiva, una película más rica de lo que su recepción comercial sugiere y más imperfecta de lo que sus defensores admiten. Sus defectos son de época y de producción —la banda sonora seguirá siendo un problema irresoluble—, pero sus virtudes pertenecen a algo más duradero: una premisa de hondura simbólica genuina, una fotografía que convierte la luz en personaje y la convicción sostenida de que la separación puede ser la forma más intensa del amor. Donner no era Bergman ni lo pretendía, pero tuvo la inteligencia de rodearse de colaboradores que elevaron el material por encima de sus limitaciones. El resultado es una película que merece ser revisitada no como curiosidad de los ochenta sino como lo que realmente es: un cuento sobre la imposibilidad y la redención que, cuando funciona, funciona de verdad.

Película estrenada en Madrid el 5 de julio de 1985 en los cines Capitol, Luchana y La Vaguada.

Reparto: Michelle Pfeiffer, Matthew Broderick, Rutger Hauer, Leo McKern, John Wood, Alfred Molina, Ken Hutchinson.