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lunes, 3 de enero de 2022

Un largo adiós (The Long Goodbye, 1973). Robert Altman



Una noche de verano, Terry Lennox aterriza en el ático de su amigo Philip Marlowe y le pide que lo acompañe hasta la frontera mejicana para cambiar de aires. Marlowe acepta la propuesta, pero al regresar a su casa se encuentra con que la policía le pide explicaciones sobre ese viaje. Marlowe termina entre rejas acusado de complicidad en el asesinato de la mujer de Terry, que ha aparecido brutalmente apaleada.

Lo mejor de Altman en esta realización es la libertad con la que modifica, complica, enriquece, la novela originaria, sin tener respeto alguno a un creador de intrigas policíacas y pintor de ambientes extraños como es Raymond Chandler (...) Una interpretación rigurosa, una tipificación rica en variantes y un movimiento muy bien planificado dan a los recovecos, a las sorpresas, a los tópicos de este relato la fuerza que piden los aficionados al cine de enigma y de acción. Todo en «Un largo adiós» nos incita a pensar en un tiempo de plenitud del cine norteamericano que parecía extinguido para siempre. (Lorenzo López Sancho en ABC del 5 de marzo de 1974)

Robert Altman ha dirigido otras películas más dentro de las normas usuales, más corrientes y menos «epatantes». Entre ellas, «M.A. S. H.», que fue premiada en Carmes hace siete u ocho años; «Los vividores» y «El volar es para los pájaros». De todas ellas encontramos reminiscencias en este filme que nos presenta ahora. Pero, en conjunto, se ha salido de madre y ha querido —siguiendo la línea marcada por Chandler— asombrarnos un poco. O tal vez más de un poco. (Antonio Martínez Tomás en La Vanguardia del 14 de mayo de 1974)

Es una película sobre el Noir clásico en vez de un Noir moderno; es revisionismo, sarcasmo y juego. Pero también es inmenso respeto por el género que homenajea: no hay pastiche, ni reciclado ni referencia vacía en esta película. Pero tocaba asumir que, por mucho que aportara, estaba muerto. Un largo adiós es el adiós que Altman le da al género: un ensayo divertidísimo e innovador en forma de película que introduce al mejor Neo-Noir que le seguiría (Chinatown se estrena un año después) y que amplía la idea de un formato que aún hoy en día es difícilmente clasificable. (Un café y dos claquetas)

Cada vez que veo The Long Goodbye descubro nuevos elementos. Es una obra repleta de matices y significados, de dobles lecturas sobre la vida desde un Philip Marlowe perdedor que termina por convertirse en uno de los protagonistas más fascinantes del cine de Estados Unidos de los años 70. Es imposible olvidar las imágenes finales de la película, con un Marlowe-Gould alejándose por un camino que recuerda a El Tercer Hombre de Carol Reed. Sin duda, estamos ante un filme imperdible y una de las grandes obras de Robert Altman, el cineasta rebelde por derecho propio. (Espectador errante)

Un rasgo visual más que interesante es el empleo que Altman hace de las ventanas. Buena parte de la acción, de lo que no cuentan los personajes sino de lo que se ve directamente, viene filtrado a través de una ventana, mezclado con sus brillos y sus reflejos superpuestos (por ejemplo, mientras el matrimonio Wade habla en su salón, al otro lado de la puerta corredera de acceso a la playa, vemos a Marlowe saltando para evitar que las olas le mojen los zapatos): un personaje que mira lo que otros hacen en el interior de su casa, otros que observan la casa de enfrente, conversaciones veladas tras el cristal, movimientos arriba y abajo, cambios de habitación, discusiones no escuchadas pero sospechadas… Personajes que asisten al cine de la vida al otro lado del cristal. (39 escalones)

Altman quería hacer algo diferente. No un neonoir de corte más clásico como sería Chinatown (1974) sino una especie de sátira sobre el género que se moviera a medio camino entre sus referentes clásicos y la época en que se realizó el filme. En otras palabras, Altman propuso plantear la película como si el personaje de Philip Marlowe hubiera estado hibernando durante unas décadas, se hubiera despertado en los 70 e intentara seguir el mismo comportamiento y sistema de valores que tiempo atrás… pero en un contexto que no es el suyo. Una forma muy original y moderna de confrontar el mito (Philip Marlowe, el detective privado por excelencia) con el contexto de los 70. (El gabinete del doctor Mabuse)

The Long Goodbye, de robert Altman, ataca al cine negro con tres de sus herramientas más preciadas: fantasía, espontaneidad y perversidad narrativa. (...) "The Long Goodbye" no debería ser el primer cine negro de ningún espectador, ni su primera película de Altman. La mayor parte de su efecto proviene de la forma en que va contra el género y la forma en que Altman socava la premisa de todas las películas de detectives, que es que el héroe puede caminar por malas calles, ver con claridad y distinguir entre el bien y el mal. El hombre de honor de 1953 está perdido en el nebuloso narcisismo de 1973, y no le va bien. (Roger Ebert)

En "The Long Goodbye", Robert Altman, un director brillante cuyas películas a veces parecen saltos mortales ("Brewster McCloud"), intenta lo imposible y lo logra.(...) La película, que se estrenó ayer en el Trans ‐ Lux East, es la película más entretenida y rica en complejidad de Altman desde "MASH" y "McCabe and Mrs. Miller". Es tan buena que no sé por dónde empezar a describirla. (Vincent Canby en The New York Times del 29 de octubre de 1973)

The Long Goodbye cabalga furiosamente en demasiadas direcciones con demasiados movimientos de cámara gratuitos a lo Godard para hacer incluso una buena película. (Andrew Sarris)

Altman se despide graciosamente de las películas de detectives privados con colores suaves y melosos e imágenes volátiles; el director de fotografía Vilmos Zsigmond es el responsable de la espontánea pirotecnia visual (las imágenes tienen una gran vitalidad). Gould ofrece una interpretación suelta y confusa, sorprendentemente original. Nina Van Pallandt, Sterling Hayden, Mark Rydell y Jim Bouton son los coprotagonistas; el guión se le atribuye a Leigh Brackett, pero cuando escuchas el diálogo improvisado al estilo de Altman, sabes que no puedes tomar eso demasiado literalmente. (Pauline Kael en The New Yorker)

The Long Goodbye es una escandalosa traición como película, pero con algunas partes buenas. El zoom lento que muestra al escritor Sterling Hayden caminando hacia el mar para suicidarse mientras Marlowe y la esposa del hombre discuten sobre él, es justamente famoso, pero nuevamente está convirtiendo una trágica travesura en un rasgo personal del director; y estaba la idea inteligente de las múltiples iteraciones del tema musical de la película, escrito por John Williams y Johnny Mercer, que se escuchaba por todas partes, desde el Muzak de la tienda de comestibles hasta el timbre de la puerta. Entonces, partes de la película están bien. Pero en su mayor parte, la película es una farsa. Sin embargo, aquí está. Existe y no desaparecerá. Uno sólo puede esperar que, una vez que haya pasado el tiempo suficiente y el estado de ánimo del mundo cambie, alguien con el mismo tipo de dedicación que las personas que hicieron L.A. Confidential lo vuelva a intentar. (D.K. Holm en DVD Talk)

Los apagados tonos de color del director de fotografía Vilmos Zsigmond le dan a esta película un impresionante aspecto de cine negro. La actuación impecable y la presentación inteligente, hacen que esta película absurda e irreal funcione de alguna manera imposible como una de las mejores y más memorables de la década de 1970. (Dennis Schwartz)

A pesar de los gritos de indignación de los puristas de Chandler, ésta es fácilmente, junto con The Big Sleep de Hawks, la más inteligente de todas las adaptaciones cinematográficas de la obra del escritor. (Time Out)

Con frecuencia, el cineasta realiza dos películas, o incluso tres, en una. Otorga tanta importancia a la trama como al contexto, el fondo sociológico. La película está llena de personajes pintorescos, réplicas hilarantes y gestos perturbadores. Filmada genialmente, con un uso inventivo de la pantalla panorámica y el plano secuencia, una magnífica fotografía de Vilmos Zsigmond y un acompañamiento musical inolvidable de John Williams, Un largo adiós tiene que figurar, con ciertos títulos de Peckinpah, Fleischer o Aldrich de la misma época, entre las mejores películas estadounidenses de los años 70. De una melancolía infinita, a medio camino entre el polar y la radiografía de un país trastornado, la obra maestra de Altman establece el doble retrato de un hombre en contradicción con su tiempo y una civilización anestesiada, adormecida por las drogas suaves y la riqueza repentina. (Olivier Père en Mon cinèma à moi)

Al situar la acción de la novela original (El largo adiós, que no puedo recomendar lo suficiente) en un período contemporáneo al rodaje (la película data de 1973), los autores han logrado evitar la trampa del academicismo, incluso si eso significa escandalizar a los seguidores de una lealtad inquebrantable a Chandler. Como un músico de jazz de la "costa oeste" que se apropia descaradamente de un estándar de los años treinta para dar una versión muy personal, Robert Altman no duda en maltratar a Marlowe, la figura esencial de la literatura "negra" que se ha convertido, con el tiempo, en un icono cinematográfico. La metáfora del amante de la música no parece exagerada, ya que Altman puede considerarse un cineasta musical. Después de todo, ¿no es uno de los grandes especialistas del cine "coral"? Entusiasta conocedor del jazz, atento oyente del mundo circundante, presta especial atención a la dimensión sonora de sus películas, un aspecto de su obra demasiado a menudo descuidado por la crítica, en favor de su saber hacer escenográfico (muy real). (Chérif Saïs en DVD Classik)

Sin embargo, hay poca nostalgia en la melancolía casual de Un largo adiós, un thriller tan solar como oscuro. Esto se debe a que Altman concibe su despedida del clasicismo hollywoodense, que podría haberse reducido a un homenaje inofensivo, como una oscura broma: así lo ilustra la escena en la que el gángster Marty Augustine (Mark Rydell) estrella un botella de coca en la cara de su amante, un pastiche indignado de la famosa escena de la cafetera de Los sobornados (1955). El rostro vendado y suturado de la joven que veremos más adelante, en el comienzo de un plano -que recuerda al de Gloria Grahame en la obra maestra de Fritz Lang- podría ser la metáfora perfecta para Un largo adiós: un cine negro desfigurado, que habría tomado nota de la debilitación del sueño de Hollywood. (Maël Mubalegh en Critikat.com)

Película estrenada en Madrid 23 de febrero de 1974 en el cine Roxy B; en Barcelona, el 13 de mayo de 1974 en el cine Tívoli.

Reparto: Elliott Gould, Nina Van Pallandt, Sterling Hayden, Mark Rydell, David Arkin, Henry Gibson, Warren Berlinger, Jim Bouton, Arnold Schwarzenegger.

viernes, 25 de octubre de 2019

Gosford Park (2001). Robert Altman


Noviembre de 1932. Godsford Park es la magnífica mansión campestre a la que Sir William McCordle y su esposa Lady Sylvia invitan a familiares y amigos para una partida de caza. Los invitados son muy dispares: una condesa, un héroe de la Primera guerra mundial, el ídolo de masas Ivor Novello, y un productor de cine norteamericano. Mientras los invitados ocupan las lujosas habitaciones de arriba, sus criados conviven abajo con la servidumbre de los anfitriones. Sin embargo, no todo es lo que parece, ni entre los huéspedes ni entre los criados que se afanan por el bienestar de sus amos.

La forma y las formas de esta enorme película tienen su correspondiente vuelta en cada uno de sus fondos, pues es un cuenco rebosante de frases, ideas, punzones dialécticos y chapoteos mentales de una riqueza sólo aspirable por alguien tan astuto, cultivado y regado como Altman. Tiene, si acaso, un par de capones por culpa del tiempo (aunque había que cocinarla a fuego lento, en los 134 minutos se le pasa un pelín el arroz) y de la intriga, una especie de «macguffin» que no le interesaba ni a él ni a nosotros. (Oti Rodríguez Marchante en ABC del 11 de febrero de 2002)

Un portentoso ejercicio de puesta en pantalla sostenido por una genial exhibición de engarce recíproco entre (nada menos) que 25 intérpretes que conforman un todo de relojería y que cada uno por su cuenta logra, o borda, una escultura viva tan transparente que acabamos familiarizados con los más pequeños rasgos de su identidad no evidente, movida por talentos de la escena británica como Maggie Smith, Alan Bates, Michael Gambon, Helen Mirren, Kristin Scott Thomas, Emily Watson y 20 colegas cuyo contrapunto de ideas, acentos, composiciones, miradas, réplicas, gestos, regates y roces devuelven en estado de gracia, con toda la energía de su pureza, el gozo de la representación y de la ficción como forma más elevada de expresión de la verdad. (Ángel Fernández-Santos en El País de 8 de marzo de 2002)

La farsa, servida con acompañamiento de intriga detectivesca y culebrón de padres y madres desconocidos, es tan amena como rigurosa, digamos que ivoryana, es la reconstrucción de época: todo huele a té, a bombones y a licor de alta graduación.(...) En cuanto a vitriolo e inventiva, empero, Berlanga sigue ganándole la partida a este Altman apreciable pero decididamente menor, acaso un juguetede dispositivo demasiado fácil, demasiado liviano, para quien ha urdido mecanismos de la perfección de “El juego de Hollywood” o “Vidas cruzadas” (Jordi Batlle Caminal en La Vanguardia del 10 de marzo de 2002)

La mirada de Altman no es la de un detective, sino la del sociólogo que, con la complicidad de un deslumbrante elenco de actores, disecciona una época y unos personajes con la causticidad que le caracteriza. Podría haber llegado tan lejos como Renoir, sin duda, pero acaba siendo víctima de las servidumbres de su propio reparto. Acostumbrado a dirigir a grandes actores, ¿quién se resiste a recrearse con un reparto presidido por Maggie Smith como maestra de ceremonias y Alan Bates como el mayordomo que no puede faltar en cualquier película policíaca que se precie? (Esteve Riambau en Fotogramas)

Una mezcla de Arriba y abajo, Clue y comentarios sociales perceptivos, Gosford Park se encuentra entre los mejores films del director Altman. (Rotten tomatoes)

Aprovechando un reparto espléndido, un guión bien enfocado y el fresco entorno inglés, "Gosford Park" emerge como una de las películas corales de Robert Altman más satisfactorias. (Todd McCarthy en Variety)

Gosford Park es un buen entretenimiento, bien cuidado, pero el camino que toma ya está bien pavimentado. (David Ansen en Newsweek)

Estática, pesadamente psicológica, congelada en una estética perezosa, Gosford Park afecta el brillo pero huele a formol. (Baptiste Piégay en Cahiers du Cinéma)

Película estrenada en España el 8 de marzo de 2002.

Reparto: Maggie Smith, Kelly MacDonald, Michael Gambon, Kristin Scott Thomas, Bob Balaban, Alan Bates, Charles Dance, Stephen Fry, Derek Jacobi, Helen Mirren, Jeremy Northam, Clive Owen.


jueves, 15 de enero de 2015

The Player (1992). Robert Altman


Griffin Mill (Tim Robbins), un productor de Hollywood, recibe cartas amenazadoras que le envía un guionista, cuyo proyecto rechazó. Intentan llegar a un acuerdo, pero tras una terrible discusión, Griffin lo mata. La crisis económica de los estudios es tal que se hará todo lo posible para que el productor eluda su responsabilidad.

El genial Robert Altman estampa un bofetón al cine de Hollywood y, paradójicamente, recibe como premio una fulminante "resurrección" (llevaba muchos años sin un éxito) para colocarse de nuevo en primera línea del cine americano. Cinismo a rabiar y una intriga excelentemente dosificada (entre apariciones de lo más granado de las estrellas de la época) hacen de este filme una delicia de ver y seguir. En el camino nos enseña las interioridades del mundo del cine en su estado más mercantil y despiadado, y Tim Robbins ofrece todo un caústico recital de sarcasmo y paranoia. Una de las mejores comedias -negra, eso sí- de los noventa. (Pablo Kurt)

Altman urde una inteligente trama a partir del guión de Michael Tolkin, quien adapta al cine su propia novela, y carga el peso del filme en la brillante interpretación de Tim Robbins como Griffin Mill, el ejecutivo sin escrúpulos que decide qué guiones se filman y cuáles no. Además de la contumaz crónica con sabor ácido que el filme pone en escena se combina con una subtrama de intriga con el personaje de Griffin amenazado en dos frentes: el laboral y el vital. Una cinta astuta y autocrítica a la que quizá solo podemos achacarle alguna que otra de vuelta de tuerca sobrante. Difícilmente olvidable su magistral plano secuencia inicial. (Bibi Ramos en Sensacine)

Vaya golpe bajo de este gran director a todo un sistema. Sistema que, eso sí, admite la autocrítica como demuestra la propia cinta. Una cosa si es segura, en la época dorada de Hollywood dudo mucho que hubieramos tenido la oportunidad de ver esta excelente película. (Fernando de Cea en El Criticón)

Una comedia de intriga ambientada en los estudios hollywoodienses que supone una especie de ajuste de cuentas de Altman con la industria cinematográfica norteamericana. La sátira tiene una evidente eficacia, pero el complejo juego dramático se escapa en más de una ocasión de las manos del realizador, aunque el resultado esté por encima de obras suyas más reputadas. A destacar la gran cantidad de estrellas que se interpretan a si mismas. (Fotogramas)

Título español: El juego de Hollywood.

Reparto: Tim Robbins, Greta Scacchi, Whoopi Goldberg, Peter Gallagher, Lyle Lovett, Fred Ward, Bruce Willis, Julia Roberts, Burt Reynolds, Andie MacDowell, Susan Sarandon, James Coburn, Dean Stockwell, Richard E. Grant, Sydney Pollack, Cher, Jeff Goldblum, Vincent D'Onofrio, Brion James.