Lady Halcón (Ladyhawke), dirigida por Richard Donner y estrenada en 1985, pertenece a ese género escurridizo que podríamos llamar fantasía romántica medieval, un territorio que el cine de los ochenta exploró con desigual fortuna. Con un reparto encabezado por Rutger Hauer, Michelle Pfeiffer y Matthew Broderick, la película narra la historia de Etienne Navarre, un antiguo capitán de la guardia, y Isabeau d'Anjou, una joven noble, condenados por el obispo corrupto de Aquila a existir en perpetua alternancia: él se transforma en lobo al anochecer, ella en halcón al amanecer, de modo que nunca pueden coincidir en forma humana bajo la misma luz. Siempre juntos, eternamente separados. La premisa es de una elegancia cruel y constituye el verdadero corazón del film.
Donner ha sabido encontrar el ritmo justo, cuidando incluso
el cromatismo dramático, para que la película camine entre ensoñaciones y
realidades, plenamente sugestiva para el espectador con un mínimo de fantasía.
(...) La iluminación y el color de las imágenes conceden a la película una singularísima
belleza, realzando la propia de los paisajes italianos donde se rodó y la casi
inventada de los decorados. (Pedro Crespo en ABC del 5 de julio de 1985)
El guion, obra de Edward Khmara, Tom Mankiewicz y David Webb Peoples, introduce como punto de vista narrativo al joven ladrón Phillipe Gaston, apodado "el Ratón", cuya función es doble: aligerar la gravedad del argumento con un humor casi cervantino —él mismo mantiene una conversación permanente con Dios que resulta cómica y genuinamente tierna— y servir de testigo involuntario de un amor que nunca podrá comprender del todo. Esta elección es uno de los grandes aciertos estructurales del guion: la maldición no se explica mediante un narrador omnisciente sino que se revela progresivamente a través de los ojos de alguien que tampoco sabe lo que ve, lo que confiere al relato una textura de misterio que se sostiene durante buena parte del metraje.
La dirección de Donner, cineasta más reconocido en aquel momento por los dos primeros Superman y Los Goonies, demuestra aquí una sensibilidad visual que no siempre se le ha reconocido. La fotografía de Vittorio Storaro es sencillamente espléndida: las localizaciones italianas —Castel del Monte, las ruinas de Bazzano, el lago di Cecita— se fotografían con una luz siempre liminal, crepuscular o auroral, que refuerza temáticamente la frontera entre el día y la noche en que viven atrapados los protagonistas. Storaro, que venía de trabajar con Bertolucci y Coppola, imprime al film una nobleza visual que supera con claridad las convenciones del género fantástico hollywoodiense de su época.
Rutger Hauer, en el papel de Navarre, construye un héroe sombrío y contenido, casi sin fisuras sentimentales, cuya intensidad se sostiene mediante la economía gestual más que por el discurso dramático. Es una interpretación que hoy resulta refrescante precisamente por lo que omite. Michelle Pfeiffer, en cambio, tiene el reto más ingrato: su personaje existe casi siempre en forma de pájaro o en breves destellos humanos al filo del amanecer. Que logre construir una presencia emotiva y no meramente decorativa en tan poco tiempo de pantalla habla de una inteligencia actoral que ya apuntaba hacia la carrera extraordinaria que vendría. Matthew Broderick, finalmente, hace de Phillipe un personaje luminoso y autoconsciente, extrañamente moderno dentro del universo medieval del film.
El punto más discutido de la película —y con razón— es su banda sonora, compuesta por Andrew Powell sobre temas de Alan Parsons Project. La decisión de utilizar sintetizadores de pop electrónico en un contexto medieval no es meramente excéntrica: resulta directamente disonante, y en varias secuencias de acción la música rompe el verosímil con una frialdad que bordea el accidente. Es el talón de Aquiles del film, y en ello coincide prácticamente toda la crítica posterior. Hay quien ha argumentado que ese anacronismo es deliberado, una forma de subrayar la atemporalidad del tema central; es una defensa ingeniosa pero poco convincente.
La maldición que articula el relato funciona también como alegoría del amor imposible en un sentido más amplio: la del deseo que no puede consumarse mientras dure la condena social, religiosa o política que lo prohíbe. El obispo de Aquila, interpretado por John Wood con una untuosidad magistral, representa el poder eclesiástico que convierte el amor en pecado y castiga su transgresión con la separación perpetua. Que sea precisamente él quien haya deseado a Isabeau antes de maldecirla añade una capa de hipocresía y venganza que el guion no desarrolla del todo, pero que funciona como trasfondo oscuro de toda la historia.
La conclusión del film, el momento en que la maldición se rompe y Navarre e Isabeau se ven por primera vez como humanos bajo la misma luz, tiene la sencillez de un milagro contenido. Donner no cede a la tentación del exceso, y Storaro filma el instante con una claridad casi dolorosa. Es uno de esos finales que no necesitan explicarse porque su verdad es visual antes que narrativa: dos personas mirándose como si el mundo acabara de empezar. Pocas veces el cine fantástico ha sabido convertir la resolución de una trama en algo que se parezca tanto a una emoción pura.
Lady Halcón es, en definitiva, una película más rica de lo que su recepción comercial sugiere y más imperfecta de lo que sus defensores admiten. Sus defectos son de época y de producción —la banda sonora seguirá siendo un problema irresoluble—, pero sus virtudes pertenecen a algo más duradero: una premisa de hondura simbólica genuina, una fotografía que convierte la luz en personaje y la convicción sostenida de que la separación puede ser la forma más intensa del amor. Donner no era Bergman ni lo pretendía, pero tuvo la inteligencia de rodearse de colaboradores que elevaron el material por encima de sus limitaciones. El resultado es una película que merece ser revisitada no como curiosidad de los ochenta sino como lo que realmente es: un cuento sobre la imposibilidad y la redención que, cuando funciona, funciona de verdad.
Película estrenada en Madrid el 5 de julio de 1985 en los cines Capitol, Luchana y La Vaguada.
Reparto: Michelle Pfeiffer, Matthew Broderick, Rutger Hauer, Leo McKern, John Wood, Alfred Molina, Ken Hutchinson.

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