Hombre (1967), dirigida por Martin Ritt y basada en la novela homónima de Elmore Leonard, es uno de los westerns más incómodos e intelectualmente audaces de su época. Protagonizada por Paul Newman en el papel de John Russell —un hombre blanco criado entre los apaches— la película subvierte de manera deliberada y sistemática los códigos del género para convertirlos en un instrumento de crítica social. Lejos de ser un simple entretenimiento de época, Hombre es un ejercicio de filosofía moral encubierto de polvo y pólvora.
Plásticamente, “Un hombre” es una película con notables
calidades. El atractivo de sus exteriores y la bondad de la fotografía en
panavisión envuelven la acertada caracterización de sus personajes, logrando,
en conjunto, una película muy estimable, en la línea, ya decadente –salvo en
Europa-, del “western”. (Harpo en ABC del 4 de mayo de 1967)
La premisa central del film es ya en sí misma una provocación. John Russell, heredero de una pensión de blancos en Arizona, elige vivir entre los apaches porque reconoce en su cultura una dignidad que la sociedad blanca le niega. Ritt no trata esta elección como exotismo romántico, sino como un diagnóstico lúcido: Russell ha observado ambas civilizaciones y ha emitido su veredicto. Su silencio no es estoicismo cinematográfico al uso, sino desprecio razonado. Newman lo interpreta con una economía gestual extraordinaria, convirtiendo cada mirada en un argumento.
La estructura narrativa de Hombre recuerda inevitablemente a La Diligencia (1939) de John Ford, y la referencia es deliberada. Un grupo heterogéneo de pasajeros —un agente federal corrupto, su esposa, una mujer de clase obrera, un empresario sin escrúpulos que ha robado fondos de la reserva apache— queda atrapado en el desierto bajo amenaza de bandidos. Pero donde Ford celebraba la solidaridad del pueblo americano, Ritt la desmonta. Cada personaje representa un estrato social o moral, y el film se pregunta brutalmente: ¿quién merece ser salvado, y a qué precio?
El debate moral más ácido de la película surge cuando el grupo debe decidir si Russell, el hombre con mayores habilidades de supervivencia, debe arriesgar su vida para salvar a Favor, la mujer del agente corrupto. El dilema es filosóficamente nítido: Favor representa a quienes han oprimido y despojado a los apaches. ¿Por qué debería Russell morir por alguien que representa su propia marginación? Ritt no resuelve esta tensión fácilmente. La película plantea la pregunta y la deja resonar, negándose al consuelo del heroísmo automático. Es un ejercicio raro de cine que confía en la incomodidad del espectador.
El antagonista interpretado por Richard Boone —Cicero Grimes— merece un análisis propio. A diferencia de los villanos del western clásico, que frecuentemente poseen un código propio o una motivación comprensible, Grimes es la representación de la crueldad funcional del sistema: no es un psicópata sino un pragmático. Actúa dentro de la lógica del beneficio individual, que el film equipara estructuralmente con la corrupción institucional del agente federal Favor. Ritt traza así una continuidad entre el bandido de caminos y el funcionario ladrón: ambos explotan a los vulnerables; solo difieren en sus herramientas.
La dirección de fotografía de James Wong Howe transforma el paisaje de Arizona en un espacio moral antes que geográfico. La luz dura, sin concesiones, elimina las sombras donde la hipocresía podría refugiarse. Los primeros planos de Newman revelan un rostro que no pide comprensión ni la ofrece. El desierto aquí no es la tierra prometida de la expansión americana; es el terreno donde las máscaras caen y los personajes quedan expuestos a su propia mezquindad. Howe, con una carrera que abarcaba desde los años veinte, otorgó al film una textura visual que anticipa la austeridad del western europeo.
El desenlace de Hombre es uno de los más perturbadores del western americano. Sin revelar todos sus detalles, basta decir que Ritt rechaza la redención edificante. La película termina con una pregunta implícita sobre el precio moral de la acción heroica en una sociedad que no merece el héroe que produce. A diferencia de Soldado Azul (1970) o El pequeño gran hombre (1970), que vendrían después y abordarían el genocidio indígena de manera más explícita, Hombre opera con mayor frialdad: no acusa con panfleto, sino que coloca al espectador en la posición del personaje que debe juzgarse a sí mismo.
Hombre es una obra maestra menor —y el oxímoron es deliberado. Es demasiado hermética, demasiado contenida para la grandiosidad del género, y esa es exactamente su virtud y su limitación simultánea. Martin Ritt construye un argumento moral sólido contra el racismo sistémico y la complicidad de la clase media blanca, pero lo hace con tanta elegancia que el film puede ser consumido superficialmente como un thriller de acción competente, lo que históricamente ha ocurrido.
El problema central que la película no resuelve del todo es su protagonista: Russell es demasiado perfecto en su frialdad, demasiado investido de razón moral para ser humano. Newman lo borda, pero el personaje funciona más como argumento filosófico que como persona. En última instancia, Hombre padece la misma tensión que muchas películas progresistas de su era: utiliza al oprimido —el apache, el indígena— como catalizador moral para el crecimiento ético del espectador blanco, sin concederle una subjetividad propia y plena.
Aun con esas reservas, el film de Ritt sigue siendo una pieza esencial del western crítico norteamericano: más inteligente que la mayoría de sus contemporáneos, más honesta en su pesimismo, y notablemente vigente en un tiempo en que las preguntas sobre quién merece sacrificio y quién decide responderlas siguen sin respuesta satisfactoria.
Película estrenada en Madrid el 1 de mayo de 1967 en los cines Fantasio, Fígaro y Rialto.
Reparto: Paul Newman, Fredric March, Richard Boone, Diane Cilento, Cameron Mitchell, Barbara Rush, Martin Balsam.
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