miércoles, 22 de julio de 2026

Tierra de rastrojos (1980). Antonio Gonzalo


Estrenada en 1980, en pleno proceso de consolidación democrática, Tierra de rastrojos pertenece a esa hornada de cine español que aprovechó el fin de la censura para volver la mirada hacia episodios silenciados de la historia reciente del país. Antonio Gonzalo, su director, se suma así a una generación de cineastas que, tras la muerte de Franco, sintió la urgencia de reconstruir en imágenes la memoria rural y obrera que el franquismo había mantenido fuera de las pantallas. La película se inscribe, por tanto, menos en la lógica del entretenimiento que en la de la reparación histórica: recuperar para el gran público un mundo campesino que había sido protagonista de conflictos decisivos y que, sin embargo, apenas había tenido representación cinematográfica propia.

El protagonista fundamental es la tierra y las gentes que viven en ella. He querido reflejar un campo multiforme, terrible y duro y bello a la vez en donde los campesinos viven una serie de acontecimientos de aquella época como fueron la huelga general del campo andaluz en 1935, la República, la guerra civil, etc. (…) El cine requiere una plástica determinada. Se ha buscado una austeridad, una gama de colores, una sonorización con fuerza. Todo un proceso complejo en el que se han utilizado 45 grabaciones en directo. La música está al servicio de las imágenes y se ha construido un código de lenguaje. Ha habido un trabajo de investigación lingüística. (Antonio Gonzalo en ABC Sevilla del 16 de marzo de 1980)

El origen literario de la obra explica en buena medida su tono. Gonzalo, junto a Ana Galván, adaptó la novela homónima de Antonio García Cano, cordobés de origen campesino que había conocido en carne propia la vida del jornalero antes de convertirse en escritor y sindicalista, y que llegó a redactar sus textos desde la cárcel. Ese origen no académico, sino vivido, se transmite a la película como una autenticidad de detalle: no se trata de una mirada externa y compasiva sobre el campo, sino de un relato construido desde dentro, con el conocimiento preciso de los ritmos, los gestos y las jerarquías de la vida agraria.

El argumento se sitúa en el campo andaluz durante los años treinta, en los años previos a la proclamación de la Segunda República y en sus primeros compases. Un grupo de jornaleros y aparceros protagoniza un proceso de movilización y organización sindical en defensa de derechos elementales: el acceso a la tierra, la dignidad del trabajo, la resistencia frente a la llegada de maquinaria que amenaza con dejarlos sin sustento. La trama sigue de cerca a una pareja campesina cuya vida cotidiana se ve atravesada por la presencia del terrateniente ausente y del capataz que administra el desprecio como forma de control, en un esquema de dominación que la película expone con insistencia casi documental.

Formalmente, Tierra de rastrojos se mueve deliberadamente en la frontera entre el documental y la ficción. El guion, despojado de ornamento literario, busca dar primacía a lo plástico y a lo visual: el paisaje de rastrojo, esa tierra ya segada de la que malviven quienes no se quedaron con la cosecha, funciona como metáfora explícita del título y como territorio simbólico de la película entera. La investigación sobre el color y el sonido del campo andaluz, más que un simple decorado, se convierte en un instrumento narrativo que sustituye al diálogo explicativo por la observación paciente de cuerpos, gestos y espacios de trabajo.

El reparto, encabezado por María Luisa San José, Joaquín Hinojosa y María Asquerino, con la participación de Luis Politti, Santiago Ramos y Walter Vidarte, entre otros, sostiene ese registro semidocumental con una interpretación contenida, alejada del gesto melodramático. La presencia del cantautor Manuel Gerena en el reparto añade una capa adicional de autenticidad, en la medida en que su propia trayectoria artística está ligada al cante como forma de protesta social andaluza, tejiendo un puente entre la tradición oral del cante jondo y el relato fílmico.

El trasfondo histórico resulta inseparable del relato: los jornaleros aparecen vinculados, sin que la película lo precise del todo, a organizaciones de tipo cenetista, y su esperanza se deposita en la victoria electoral del Frente Popular. Ese horizonte de expectativa se quiebra con la llegada del golpe militar, cuando caciques, ejército y Falange emprenden la represión sobre quienes se habían destacado en las luchas agrarias. Al situar el estallido de la Guerra Civil como desenlace de un conflicto social previo y no como un hecho aislado, la película propone una lectura de la contienda enraizada en las desigualdades del campo, más que en la mera confrontación ideológica abstracta.

Dentro de la trayectoria de Antonio Gonzalo, y dentro del cine español de esos años, Tierra de rastrojos dialoga con una tradición de cine rural y social que, con distintos acentos, recorre títulos centrados en la Andalucía agraria y en la memoria de la Guerra Civil desde el punto de vista de los vencidos. Su condición de adaptación de una novela carcelaria, escrita por un autor no profesional, la distingue sin embargo de aproximaciones más literarias o esteticistas al mismo periodo, y la acerca a un cine de intención testimonial que prioriza la fidelidad a los hechos narrados por encima de la elaboración dramática convencional.

Vista hoy, Tierra de rastrojos funciona mejor como documento que como relato dramático plenamente logrado. Su mayor virtud —la voluntad de fidelidad al material original y la apuesta por lo visual y lo sonoro frente a la explicación verbal— es también su principal límite: al descargar el guion de literatura, como reconocían sus propios responsables, la película corre el riesgo de una cierta esquematización de los personajes, reducidos con frecuencia a su función social (el jornalero, el capataz, el terrateniente) más que desarrollados como individuos complejos. La ambigüedad deliberada sobre la filiación sindical de los protagonistas, aunque comprensible en el contexto de un cine que todavía tanteaba los límites de la representación política tras la censura, deja además la sensación de una película que no siempre se atreve a nombrar del todo aquello que sí muestra. Con todo, su valor como testimonio de una memoria rural silenciada, su origen en una novela nacida literalmente en prisión, y su lectura del estallido de la guerra como culminación de un conflicto agrario no resuelto, la convierten en una pieza pequeña pero significativa del cine español de la Transición: un intento honesto, aunque desigual en su ejecución, de devolver la palabra —y la imagen— a quienes la historia oficial había dejado sin ellas.

Película estrenada en Sevilla el 13 de marzo de 1980 en Multicentro Alameda.

Reparto: María Luisa San José, Joaquín Hinojosa, María Asquerino, Luis Politti, Santiago Ramos, Walter Vidarte, Manuel Gerena, Francisco Casares, Emilio Fornet, Ricardo Palacios.

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