En 2008, Clint Eastwood estrenó Gran Torino, una película que parecía sencilla y que acabó siendo una de las despedidas más comentadas de su carrera como actor. Ambientada en un barrio obrero de Detroit que se ha ido vaciando de la clase media blanca que lo construyó, la historia sigue a Walt Kowalski, un veterano de la guerra de Corea, viudo y jubilado de la Ford. Walt vive rodeado de recuerdos, de rencor y de un Ford Gran Torino de 1972 que cuida como una reliquia. El guion de Nick Schenk le da a Eastwood un personaje a su medida: un hombre áspero, racista de palabra y herido por dentro, al que el mundo ha dejado atrás.
“Gran Torino” es el resultado de una minuciosa observación
de Clint Eastwood de su lugar en el mundo y del mundo en sí mismo, de él, de su
cine y de su país. Y todas esas transformaciones de décadas, fundidas en el
transcurso de la historia breve y sencilla de este personaje, Walt Kowalski, en
una sociedad a la que literalmente le gruñe (sólo un gran actor es capaz de
parodiarse sin que asome ni una punta de gozo o de autosatisfacción en ello),
forman de un modo directo, sin tapujos ni hipocresías, el gran editorial de
esta película-espejo. (E. Rodríguez Marchante en ABC del 6 de marzo de 2009)
El conflicto arranca cuando la familia hmong que vive en la casa de al lado empieza a formar parte de su vida, a su pesar. Thao, un adolescente tímido e inseguro, intenta robarle el coche por presión de una pandilla de su propia comunidad, y ese error inicial obliga a los dos a conocerse. Su hermana Sue, más segura y espabilada, actúa como puente entre ambos mundos. A través de ella, Walt descubre que sus vecinos tienen más en común con él de lo que su prejuicio le permitía admitir: la lealtad a la familia, el respeto por el trabajo y el peso de una guerra que dejó huella en todos.
Uno de los grandes aciertos del filme es cómo maneja el tono. Las primeras escenas explotan el humor incorrecto de Walt, con insultos y comentarios que el propio relato presenta como un reflejo de su generación y de su amargura. Poco a poco, ese humor se va desgastando y deja ver la soledad que lo alimenta. La relación con el joven sacerdote, el padre Janovich, y el distanciamiento de sus hijos, que lo ven como un estorbo, completan el retrato de un hombre que ha confundido la dureza con la dignidad.
Desde el punto de vista cinematográfico, Eastwood opta por una puesta en escena sobria, casi austera, fiel a su estilo clásico. La fotografía de Tom Stern, de luz apagada y tonos terrosos, subraya la decadencia del entorno, y el ritmo pausado deja que los personajes respiren. La canción de los créditos, compuesta por el propio Eastwood junto con Jamie Cullum, Kyle Eastwood y Michael Stevens, cierra la película con una melancolía que encaja con su tono general. Con un presupuesto modesto, el filme recaudó cerca de 270 millones de dólares en todo el mundo, lo que lo convirtió en uno de los mayores éxitos comerciales de su director.
Gran parte del interés de la película está en cómo dialoga con la propia trayectoria de Eastwood. Walt Kowalski es, en cierto modo, el heredero cansado de Harry el Sucio y del pistolero de Sin perdón: un hombre que ha ejercido la violencia y que arrastra la culpa de haberlo hecho. La escena en la que confiesa lo que hizo en Corea es clave, porque da sentido a su rechazo final de la violencia como respuesta. Cuando la pandilla agrede brutalmente a Sue, el espectador espera la venganza armada que el cine del propio Eastwood ha enseñado a esperar, y la película decide negársela.
El desenlace es lo más recordado y lo más debatido. Walt acude desarmado a la casa de los pandilleros, provoca a la banda a la vista de todo el vecindario y hace el gesto de sacar algo del bolsillo, que resulta ser su encendedor, mientras los matones lo abaten. Su sacrificio garantiza que los culpables sean condenados y que Thao quede libre de su acoso. Es un final de enorme fuerza simbólica, que reformula la figura del héroe justiciero: la redención no llega por la violencia, sino por aceptar la propia muerte.
El propio coche merece una mirada aparte, porque es mucho más que un objeto de atrezo. El Gran Torino de 1972 condensa lo que Walt cree haber perdido: el orgullo del trabajo manual, la industria de Detroit y una idea de Estados Unidos que ya no existe. Walt presume de haber montado con sus propias manos parte de ese coche en la cadena de Ford, y por eso lo trata como una prolongación de sí mismo, pulido, intacto y lejos de cualquier mano ajena. Que ese tesoro acabe en manos de Thao, un joven hijo de inmigrantes, es la decisión más elocuente de la película. Walt rompe así con la herencia que esperaban sus hijos, más interesados en el valor material del coche, y elige como sucesor a quien ha aprendido a trabajar, a respetar y a cargar con responsabilidades. El coche pasa de símbolo de nostalgia a símbolo de relevo generacional, y esa transformación explica buena parte de la carga emotiva del final.
Sin embargo, la película no está exenta de críticas, y conviene hacerlas. Su mirada sobre la comunidad hmong es limitada: Thao y Sue existen sobre todo en función de la redención de Walt, y el relato recurre a la figura del hombre blanco que salva a las minorías, un esquema que se ha cuestionado con razón. Algunos diálogos suenan forzados, y varios intérpretes no profesionales dan una interpretación irregular que desequilibra ciertas escenas. Aun así, Gran Torino funciona mejor como autorretrato de Eastwood y como reflexión sobre la culpa, la masculinidad y la herencia que como estudio de una comunidad. Es una película imperfecta y a ratos simplista, pero sostenida por una interpretación magnética y por un final que sigue generando debate, y eso la mantiene viva más de quince años después.
Película estrenada en España el 6 de marzo de 2009.
Reparto: Clint Eastwood, Christopher Carley, Bee Vang, Ahney Her, Brian Haley, Geraldine Hughes, Scott Eastwood.

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