Cuando Metro-Goldwyn-Mayer estrenó Ivanhoe en 1952, apostó por una de las novelas más influyentes del siglo XIX. Walter Scott había publicado la obra en 1819 y, con ella, había fijado buena parte de la imagen popular de la Edad Media: torneos, castillos asediados, forajidos nobles y un rey regresado de las cruzadas. El estudio, dirigido en lo productivo por Pandro S. Berman, decidió rodar en Technicolor y en escenarios británicos, con un presupuesto generoso y un reparto de primera fila. La película no pretendía ser un tratado histórico, sino una superproducción de aventuras capaz de llenar salas, y en ese objetivo tuvo un éxito notable.
La Historia y la Leyenda mezcladas es lo que se brinda con
los escenarios adecuados, los personajes con sus rasgos novelescos y un bello
colorido en todo momento. Y los fabulosos lances de “Ivanhoe” divierten e interesan.
(Donald en ABC del 4 de abril de 1953)
La dirección recayó en Richard Thorpe, un cineasta eficaz y rápido, formado en la disciplina del sistema de estudios. Su filmografía incluye westerns, películas de Tarzán, musicales y otras aventuras históricas, como El prisionero de Zenda (1952) o Los caballeros del rey Arturo (1953). No fue un autor de firma reconocible, y la crítica posterior lo ha tratado con cierta condescendencia. Sin embargo, Ivanhoe demuestra su principal virtud: un pulso narrativo claro, un sentido práctico del ritmo y una enorme capacidad para organizar secuencias de acción con numerosos figurantes sin perder legibilidad.
Robert Taylor interpreta a Wilfred de Ivanhoe con la gravedad algo rígida del galán clásico de la MGM, más sólido que carismático. Le rodean actores que, en muchos casos, resultan más interesantes que el protagonista. George Sanders compone un Brian de Bois-Guilbert elegante, cínico y atormentado, que roba escenas con una naturalidad envidiable. Elizabeth Taylor, muy joven, da a Rebeca una dignidad serena, y Joan Fontaine encarna a una Rowena correcta aunque menos favorecida por el guion. Emlyn Williams como Wamba, Finlay Currie como Cedric y Felix Aylmer como Isaac de York completan un conjunto de buen nivel.
Los guionistas, entre ellos Noel Langley y Æneas MacKenzie, tuvieron que condensar una novela larga, digresiva y llena de subtramas. El resultado simplifica mucho: se refuerza la línea del rescate del rey Ricardo y del pago de su rescate, y se concentra la acción en unos pocos escenarios clave, como el torneo de Ashby y el asedio del castillo de Torquilstone. Se pierde, a cambio, buena parte de la complejidad política y cultural del libro, así como el tono irónico de Scott. Aun así, la estructura dramática funciona: la trama avanza con claridad y la sucesión de episodios mantiene el interés.
Uno de los aspectos más relevantes de la película es el tratamiento de Isaac de York y su hija Rebeca. La novela de Scott ya convertía el antisemitismo de la Inglaterra medieval en un tema central, y la cinta, estrenada pocos años después del Holocausto, conserva esa dimensión, con escenas de humillación y persecución que no se esquivan del todo. El trato es, sin embargo, prudente y edulcorado en comparación con el libro, y el gesto final de Rebeca, que acepta su destino con dignidad, resulta más convencional que trágico. Aun con esas limitaciones, el personaje conserva una fuerza notable y es, probablemente, el más memorable del film.
El apartado técnico es uno de los grandes valores de la película. La fotografía en Technicolor, firmada por Freddie Young, ofrece colores saturados y composiciones de gran claridad, aprovechando castillos reales y decorados cuidadosamente construidos. La partitura de Miklós Rózsa aporta solemnidad y brío, con un tono heroico y modal que evoca lo medieval sin caer en la imitación arqueológica. Las secuencias de combate, en especial el torneo y el asedio, están rodadas con vigor y buena geografía espacial, y la película obtuvo tres nominaciones al Óscar: mejor película, mejor fotografía en color y mejor banda sonora.
El público respondió con entusiasmo y Ivanhoe fue uno de los grandes éxitos de la MGM en aquellos años, lo que ayudó a consolidar un ciclo de aventuras históricas que el estudio explotó durante toda la década. Con el tiempo, la película quedó asociada a una forma de cine de evasión que hoy se mira con nostalgia, pero también con cierto distanciamiento. Su visión idealizada de la caballería, de la lealtad monárquica y de la reconciliación entre sajones y normandos responde más al espíritu de los años cincuenta que al de la Edad Media. Como documento de su época es valiosa, y como entretenimiento todavía conserva su atractivo.
Ivanhoe es una película sólidamente construida, vistosa y entretenida, pero también limitada por las convenciones del estudio que la produjo. Sus mayores aciertos son la ejecución técnica, la música de Rózsa, el trabajo de George Sanders y la dignidad que Elizabeth Taylor otorga a Rebeca. Sus debilidades son un protagonista algo inexpresivo, una simplificación excesiva de la novela y una tendencia a suavizar precisamente aquello que Scott planteaba con más hondura: el conflicto entre comunidades, la injusticia y la ambigüedad moral de los poderosos. Para quien llegue desde el libro, la cinta resultará una versión amable y reducida; para quien busque aventura clásica bien hecha, seguirá siendo un ejemplo notable de lo que Hollywood sabía hacer en su época dorada. Su verdadero mérito no es la fidelidad, sino haber convertido una novela decimonónica en un espectáculo que aún se deja ver con placer.
Película estrenada en Madrid el 4 de abril de 1953 en el cine Capitol.
Reparto: Robert Taylor, Elizabeth Taylor, Joan Fontaine, George Sanders, Emlyn Williams, Finlay Currie, Guy Rolfe, Robert Douglas.

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