Carta de una desconocida (1948), dirigida por Max Ophüls, es considerada una obra cumbre del drama romántico y el melodrama cinematográfico. Rodada en Hollywood pero ambientada en la Viena de 1900, la película es una adaptación meticulosa del guionista Howard Koch sobre la novela corta homónima de Stefan Zweig publicada en 1922. El filme narra la historia de amor no correspondido de Lisa Berndle (Joan Fontaine) hacia el pianista Stefan Brand (Louis Jourdan), una pasión que comienza en su adolescencia y consume toda su vida hasta su lecho de muerte.
Nos hallamos ante un concienzudo folletín. De la novela originaria
de Stefan Zweig no queda más que la figurería, y en lo que compete al “cine”
como “cine”, la interferencia de imágenes gráficas para cubrir las descripciones
literarias. Aquí se utilizan, por cierto, algunos esbozos de narración para
abrir en seguida, los hechos correspondientes a esa narración. El recurso
pertenece al teatro, pero le cuadra muy bien a la pantalla. Lo demás, ya lo
hemos dicho: puro folletín. (L. en ABC del 19 de octubre de 1948)
La estructura narrativa del filme se articula a través de una extraña paradoja: el eje central es una carta escrita por alguien que ya ha fallecido. La historia comienza cuando Stefan, un músico disoluto y mujeriego, regresa a su hogar antes de un duelo y recibe la misiva de una mujer que no reconoce. A medida que lee, la voz en off de Lisa nos guía por un extenso flashback que reconstruye su "vida consciente", la cual, según ella misma afirma, comenzó realmente el día que lo conoció. Esta voz desde el más allá actúa como un recordatorio de todo lo que el protagonista ignoró voluntariamente en su búsqueda de placeres efímeros.
Desde un punto de vista técnico, Ophüls despliega un estilo visual antológico caracterizado por movimientos de cámara fluidos y elegantes, como sus célebres travellings y planos con grúa. La cámara no se limita a ser un observador pasivo; sus movimientos funcionan para amplificar o expresar el estado interior de los personajes, funcionando casi como una presencia fantasmal que sigue a Lisa en su subjetividad. Esta fluidez cinematográfica permite que la cámara trascienda las capacidades físicas del cuerpo humano, otorgándole una cualidad de omnipresencia que sitúa a la audiencia en la perspectiva emocional de la protagonista.
El filme utiliza motivos visuales recurrentes de gran peso simbólico, siendo la escalera uno de los más importantes. La cámara sigue los pasos de Lisa subiendo y bajando la escalera del edificio de Stefan, utilizándola como un recurso para delimitar las fronteras entre el amor idealizado y la cruda realidad. Asimismo, la música, especialmente el estudio n.º 3 en re bemol mayor de Liszt (Un sospiro), se convierte en un leitmotiv asociado a Stefan que cautiva a Lisa incluso antes de conocerlo físicamente. Otros elementos, como las ventanas y los trenes (tanto reales como ficticios), refuerzan la idea del amor secreto y la escenificación de los deseos de la protagonista.
La interpretación de Joan Fontaine es fundamental para transmitir la naturaleza incondicional y destructiva de su amor obsesivo. En la recepción crítica, Lisa es analizada como una "figura femenina estilo Zweig", cuya voluntad de sacrificio y nobleza moral sirven como una crítica velada a la vacuidad y corrupción de la sociedad burguesa. Frente a ella, el Stefan de Louis Jourdan es retratado como un ser cínico, espiritualmente vacío e incapaz de reconocer el "don activo" del amor de Lisa, olvidándola repetidamente en cada encuentro.
Existen divergencias significativas entre la película y la novela de Zweig que alteran profundamente el significado del final. En el libro, el protagonista es un escritor apodado 'R' que, tras leer la carta, solo logra recordar vagamente a la mujer como si fuera un sueño o una música distante. En cambio, el filme de Ophüls introduce al personaje de Johann, el marido de Lisa, quien desafía a Stefan a un duelo. Esta adición permite que Stefan, tras leer la confesión, elija enfrentar el duelo en un acto de redención y asunción de responsabilidad por su vida desperdiciada, algo que no ocurre en el material original.
Finalmente, el filme destaca por su capacidad de convertir el paisaje de Viena en un escenario de deseo y fantasía. Ophüls logra equilibrar la fascinación del enamoramiento romántico con una ironía distante que subraya lo absurdo de la ceguera de Stefan y la locura de la devoción de Lisa. Mientras que la novela de Zweig se inclina hacia una visión modernista de la destrucción de la identidad, la adaptación de Ophüls ofrece una visión más romántica donde el individuo, a través de la memoria y la carta, logra finalmente afectar la realidad de otro, aunque sea en el umbral de la muerte.
Carta de una desconocida es mucho más que un "lacrimógeno" de Hollywood; es una exploración profunda sobre la violencia de la fantasía y la imposibilidad de ver al "Otro" sin las distorsiones de nuestra propia imaginación. La maestría de Ophüls reside en utilizar una puesta en escena barroca y una cámara incesante para atrapar al espectador en el mundo solipsista de Lisa, donde el azar es sustituido por una creencia fatalista en el destino. Aunque la película idealiza el sacrificio femenino —lo que ha generado debates desde perspectivas feministas contemporáneas—, su valor perdura como un estudio técnico y emocional sobre la memoria, la pérdida y la búsqueda insaciable de un absoluto que siempre llega demasiado tarde.
Película estrenada en Madrid el 18 de octubre de 1948 en el cine Capitol.
Reparto: Joan Fontaine, Louis Jourdan, Mady Christians, Marcel Journet, Art Smith, Carol Yorke.

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