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lunes, 18 de mayo de 2026

La vaquilla (1985). Luis García Berlanga

Guerra Civil Española (1936-1939). En el frente, un grupo de soldados se limita a escribir cartas o a dormitar. Pero la tranquilidad se rompe cuando un altavoz de la Zona Nacional anuncia que, con motivo de la Virgen de Agosto, se va a celebrar en un pueblo cercano una corrida. Cinco combatientes de la Zona Republicana deciden robar la vaquilla para arruinarle la fiesta al enemigo y conseguir la comida que necesitan.

La vaquilla (1985), dirigida por Luis García Berlanga y escrita junto a su colaborador habitual Rafael Azcona, representa un hito fundamental en la cinematografía española al cumplirse casi cincuenta años del inicio de la Guerra Civil. Tras décadas de censura que impidieron su rodaje desde finales de los años cincuenta, la película emergió durante la primera legislatura socialista como una de las obras más taquilleras y un ejercicio de memoria histórica sin precedentes. Su estreno en plena democracia permitió que la tragedia nacional fuera abordada, por primera vez de forma integral, a través del prisma de lo cómico, rompiendo con los relatos dogmáticos y hagiográficos que habían dominado tanto el cine oficial de la dictadura como las respuestas reivindicativas de la Transición.

Como realizador, Berlanga luce particularment su talento en una larga serie de planos-secuencia, con los cuales concede una indudable espectacularidad a la acción cuando en ésta participa gran cantidad de figurantes. Es “La vaquilla” una de las más relevantes obras de su filmografía, donde el internacional autor valenciano vuelve a mostrar su maestría para la comedia y su especial sentido del humor, del sexo, de la guerra y de la vida, aplicado con oportunidad, talento y, repitámoslo una vez más, humanidad. (Pedro Crespo en ABC del 9 de marzo de 1985)

La cinta se consolida como un ejemplo paradigmático del esperpento cinematográfico, trasladando la estética literaria de Valle-Inclán a la pantalla. Siguiendo la premisa de que el sentido trágico de la vida española solo puede expresarse mediante una estética sistemáticamente deformada, Berlanga utiliza la mirada "desde el aire" para observar a sus personajes con impasibilidad y superioridad. Esta perspectiva despoja a los combatientes de su grandeza épica para convertirlos en seres animalizados o "peleles" movidos por necesidades primarias, reflejando que la realidad española no es una tragedia clásica, sino una deformación grotesca de la misma.

Formalmente, Berlanga emplea su maestría en la composición y el ritmo del plano para reforzar este distanciamiento. Mediante el uso de planos generales poblados por una multitud de personajes y sus característicos planos secuencia, el director evita la emocionalidad del primer plano y subraya la coralidad del relato. El caos de diálogos superpuestos y las acciones simultáneas crean una atmósfera de incomprensión y confusión que refleja fielmente la naturaleza caótica y, a menudo, absurda de la propia contienda bélica.

El simbolismo de la obra gira en torno a la sustitución del fiero toro totémico de la identidad nacional por una humilde vaquilla. Si el toro representa la bravura y la casta de una España idealizada, la vaquilla de Berlanga es un símbolo de una guerra insensata y chapucera que termina sus días de forma trágica en un campo desolado, pasto de los buitres. El animal se convierte así en la metáfora central de la patria escindida y finalmente masacrada, una respuesta sarcástica a las representaciones monumentales y orgullosas del país.

El film se nutre del humor carnavalesco y el realismo grotesco, donde las funciones corporales —comer, dormir o el deseo sexual— prevalecen sobre las ideologías políticas. Escenas como la de los soldados de ambos bandos bañándose desnudos en un río, donde al perder el uniforme se despojan de la etiqueta de "enemigo", ilustran la tesis berlanguiana sobre lo artificial de las divisiones impuestas. Este humor funciona como un "baño medicinal" o antídoto contra el olvido, permitiendo enfrentar el trauma colectivo a través de la subversión de las normas clásicas y el uso de un lenguaje popular y desgarrado.

En el contexto de la Transición y los años ochenta, la película actuó como un lieu de mémoire (espacio de la memoria) en un momento en que se intentaba instaurar un consenso basado, en parte, en el olvido institucional de las heridas de la guerra. Al repartir responsabilidades entre ambos bandos y humanizar a los contendientes a través de sus miserias comunes, Berlanga buscó una superación del conflicto que resonara con el espíritu democrático de la época. Sin embargo, este enfoque ha sido interpretado por algunos sectores como un ejercicio de relativismo que iguala a los defensores de un régimen legítimo con quienes se sublevaron contra él.

La secuencia final suspende bruscamente el tono de comedia para ofrecer una imagen de una crudeza absoluta: la vaquilla muerta y descompuesta en tierra de nadie entre las dos trincheras. Con dos banderillas clavadas en sus restos, el cadáver es devorado por los buitres bajo una luz crepuscular, simbolizando la imposible reconciliación inmediata y la devastación de un país arrodillado. Este cierre deconstruye el entramado humorístico previo, dejando al espectador ante la cruda realidad de una España mutilada que ambos bandos pretendían poseer pero que terminaron por destruir.

La vaquilla es una obra maestra del cine español que, bajo su apariencia de farsa costumbrista, esconde una crítica feroz y desencantada a la historia nacional. Su genialidad reside en aplicar la estética del esperpento para desmitificar el heroísmo bélico, reduciendo la guerra a su esencia más absurda y escatológica. No obstante, desde una perspectiva contemporánea, la película puede resultar problemática por su marcada equidistancia política. Al intentar superar el trauma mediante el humor carnavalesco, Berlanga corre el riesgo de incurrir en un relativismo que, si bien fue pertinente para el clima de consenso de los años ochenta, puede ser percibido hoy como una visión tibia que "blanquea" las responsabilidades históricas. En definitiva, es una pieza discordante: profundamente ofensiva para el triunfalismo franquista, pero quizás excesivamente desapegada ante el dolor de los vencidos.

Película estrenada en Madrid el 8 de marzo de 1985 en los cines Capitol, Carlton, Candilejas, Europa, Luchana y La Vaguada.

Reparto: Alfredo Landa, Guillermo Montesinos, Santiago Ramos, José Sacristán, Carles Velat, Eduardo Calvo, Violeta Cela, Agustín González, María Luisa Ponte, Juanjo Puigcorbé, Amelia de la Torre, Carlos Tristancho, Valeriano Andrés.


viernes, 28 de mayo de 2021

Vente a Alemania, Pepe (1971). Pedro Lazaga

 
 
Peralejos, un tranquilo pueblo del Alto Aragón, es un lugar donde nunca pasa nada. Un día regresa al pueblo para pasar las vacaciones Angelino (Sacristán), un emigrante que conduce un magnífico Mercedes y cuenta maravillas sobre Alemania y sus mujeres. Pepe (Landa), fascinado por las historias de su amigo, decide emigrar también, pero su sueño empieza a las cinco de la mañana, limpiando cristales, y concluye a las doce de la noche pegando carteles. 

El milagro alemán para los emigrants, ya se sabe, consiste en madrugar, trabajar mucho, vivir sometidos al reloj, en un medio duro, frente a un idioma impenetrable y correr de un tajo a otro. Todo esto está bien contado y constituye lo «más serio de esta película para reír. Lo demás es juguete cómico, mímica a la manera de aquellas comedias de García Alvarez, Jackson Veyan o Vital Aza, donde, como en «Francfort», de este último, se cultivaba la «versión tetralingüe» para conseguir el efecto cómico (...) Escribió Chesterton que «el más despreciable de todos los temores modernos era el de parecer sentimental». Vicnte Escrivá (el guionista) no tiene ese miedo, como no le importa exaltar a su tierra con fundamento, oportunidad y gracia fresca y natural, con secuencias en el campo y en el pueblo del Alto Aragón, que son la égloga, frente a la bruñida, trepidante y esquiva ciudad alemana, que es Babel. (Antonio de Obregón en ABC del 27 de enero de 1971)

Bromear con el sino de un millón largo de españoles esparcidos por las naciones industriales y capitalistas de la Europa occidental es algo que resulta poco menos que inaceptable. Y más aún cuando, para hablarnos de esos españoles, se hecha mano del retruécano, la situación equívoca, el chiste fácil, la comicidad barata, la sal gruesa, los lugares comunes y cuantos aditamentos precisan unos guionistas faltos de ideas genuinas. (...) En el aspecto cinematográfico, la cinta ha sido realizada con esa soltura elemental del que tiene la mano rota realizando títulos análogos. En su propia fluidez halIamos todas las autolimitaciones conscientes y voluntarias. (Alberto Armengol en La Vanguardia del 18 de marzo de 1971)

El apogeo turístico que vivió España en la década de 1960 solo favoreció a los pueblos de la costa; en el interior se vivió otro fenómeno, el de la emigración. Pedro Lazaga ("La ciudad no es para mi") hizo un retrato de esta época de la historia nacional, desmitificando, a la vez, la creencia de que los trabajos en el extranjero eran mejores y la libertad sexual, asequible para todos. (Playcine ABC)

El tono principal es de comedia siguiendo las peripecias de Alfredo Landa en tierra alemana con compañía de José Sacristán y en conflicto con su “novia” Tina Sáinz, pero no faltan tampoco subtramas de corte dramático-sentimental con la presencia de Antonio Ferrandis (como exiliado nostálgico) y la pareja formada por Fernando Guillén y Gemma Cuervo (joven pareja en busca de mejora social). En este último aspecto sus ansias personales tienen un tratamiento tópico y los personajes no poseen demasiada dimensión, por lo que sus reflexiones y deseos no transmiten las emociones pretendidas. (Antonio Méndez en AlohaCriticón)

Comedia de medio pelo, en la línea de las baratas películas de los 70, que recrea la inmigración de la época desde España hasta Alemania. La trama ligera, al estilo Pedro Lazaga, no da para mucho, pero Alfredo Landa está como pez en el agua con su personaje de Pepe, un pueblerino hispánico cuya idiosincrasia resulta surrealista y patética en el mundo germano. Le da buena réplica José Sacristán. (Decine21)

Mención aparte merece el personaje de don Emilio (Antonio Ferrandis), exiliado republicano y médico de profesión al que se muestra en todo momento como un individuo huraño y resentido, un tipo raro, enfadado con el mundo, pero, en el fondo, deseoso de volver a su Oviedo natal aunque el orgullo le impida admitirlo. La estampa del vencido no puede ser más denigrante, a la vez que el mensaje implícito resulta altamente reaccionario. Vendría a decir algo así como que tanto los que se marchan al extranjero empujados por necesidades económicas como los que se fueron en su día por motivos ideológicos no dejan de ser pobres gentes dignas de compasión. (Cinefilia Sant Miquel) 

Película estrenada en Madrid el 14 de enero de 1971 en los cines Capitol, Salamanca, Monumental, Argüelles y Murillo; en Barcelona, el 16 de marzo de 1971 en los cines Borrás, Bosque y Regio Palace.

Reparto: Alfredo Landa, José Sacristán, Tina Sáinz, Antonio Ferrandis, Gemma Cuervo, Fernando Guillén, Manuel Summers, Josele Román.


domingo, 22 de marzo de 2020

La luz prodigiosa (2003). Miguel Hermoso


Agosto de 1936, Guerra Civil Española. Un joven pastor andaluz recoge a un hombre fusilado al que sus verdugos han dado por muerto y le busca refugio en un asilo. El herido, debido a los disparos, ha quedado reducido a un estado semivegetal. En 1980, el pastor vuelve a encontrarlo: ahora es un anciano mendigo que recorre las calles de Granada. El antiguo pastor se obstina entonces en averiguar la identidad del fusilado. Poco a poco, la investigación le lleva a vislumbrar que el anciano pudo haber sido una persona importante antes de la guerra.

El dúo entre salvador (Alfredo Landa) y poeta salvado (Nino Manfredi) es doloroso, tierno y abre con gracia un idilio interpretativo de primer rango, que está a la altura de la dificultad del cometido que ambos eminentes actores tienen entre manos. Han de hacer creíble un tremendo suceso y, apoyados por la elegancia y la transparencia que Hermoso da a una pantalla inundada por la luz de Granada, rozan el prodigio. (Ángel Fernández Santos en El País de 31 de enero de 2003)

No le faltan escenas emotivas a la película, casi en la misma proporción que le sobran otras melindrosas o fastidiosamente edificantes. Su solvente acabado, en todo caso, contrarresta en parte sus irregularidades. (Jordi Batlle Caminal en La Vanguardia del 2 de febrero de 2003)

Lamentablemente, la realización no es todo lo correcta que cabría esperar, con ejercicios de estilo totalmente innecesarios y a veces demasiado abruptos para este film. Por otra parte, el guión -soberbio en su concepción inicial- desdibuja lospersonajes principales, haciéndolos completamente unidimensionales, previsibles, llenos de tics, enrraizados con una pésima dirección de actores que desaprovecha miserablemente el talento del trio Manfredi-Landa-Manver. (Federico Casado Reina en ABC Sevilla del 11 de febrero de 2003)

La luz prodigiosa es, pues, fruto del aplicado trabajo de un cineasta que se limita a ilustrar correctamente un guión previo pero que se muestra incapaz de remontar el vuelo en busca de esa mirada mágica que atraviesa y fecunda los mejores films. (José Vanaclocha en Vanavisión)

Incomprensiblemente desconocida obra, que hurga en el olvido y en los recuerdos de sus protagonistas, desarrollando en la trama una caricia en lo más hondo del alma. Con magia pero sin demasiados trucos; afianzada por el poderío de las tres interpretaciones masculinas (Landa, Manfredi y jose luis Gómez en su brevísima aparición), la siempre hipnotizante música de Morricone, la belleza de una Granada fría y distante, junto a una dirección, fotografía y montaje de una sutileza conmovedora. (Ecured)

Estreno en España: 31 de enero de 2003.

Reparto: Alfredo Landa, Nino Manfredi, Kiti Manver, José Luis Gómez.