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martes, 25 de agosto de 2026

La ley del más fuerte (Faustrecht der Freiheit, 1975). Rainer Werner Fassbinder


Estrenada en el Festival de Cannes en mayo de 1975, Faustrecht der Freiheit —conocida en español como La ley del más fuerte y en el mundo anglosajón como Fox and His Friends— pertenece al período de mayor productividad de Rainer Werner Fassbinder, cuando el cineasta alemán rodaba varias películas por año sin renunciar a la ambición formal ni al compromiso político. El título original, que literalmente remite al "derecho del puño" o a la ley de la selva, ya anuncia el programa de la obra: bajo la superficie de una historia de amor entre dos hombres se esconde una fábula despiadada sobre cómo el capital reorganiza cualquier vínculo humano, incluido el sentimental. Fassbinder no solo escribió y dirigió la película, sino que interpretó él mismo el papel protagónico, una decisión que carga la ficción de un componente autobiográfico y expone al autor a la misma mirada crítica que dirige hacia su personaje.

No cabe hablar de elementos políticos serios, ni de niveles socioreivindicativos, aún señalando la “lucha de clases” incluida en el planteamiento del asunto. Todo queda demasiado ingenuo, demasiado pueril. Y el mayor valor de “La ley del más fuerte” no es el ambiente homosexual -con momentos de realismo evidente- y la corrección narrativa de que Fassbinder hace uso, renunciando en gran medida a los pequeños trucos anárquico-simbólicos que le dieron fama en algunos círculos restringidos de cinéfilos. (Pedro Crespo en ABC del 25 de noviembre de 1977)

El protagonista es Franz Biberkopf, apodado "Fox", un feriante de extracción humilde que trabaja como "la cabeza parlante" en un espectáculo de circo. Cuando detienen a su pareja y empleador por fraude fiscal, Fox se queda sin trabajo, sin techo y sin ingresos, hasta que un golpe de suerte —ganar medio millón de marcos en la lotería— lo introduce de pronto en un círculo social que jamás le había pertenecido: el de una burguesía homosexual refinada, culta y económicamente segura. Allí conoce a Eugen, hijo de un industrial en quiebra, quien inicia con él una relación que desde el primer momento está contaminada por el cálculo. El nombre del protagonista no es casual: remite directamente al Franz Biberkopf de Berlín Alexanderplatz de Alfred Döblin, un guiño que Fassbinder confirmaría años después al adaptar la novela para televisión, y que sitúa a su Fox en la estirpe de los ingenuos arrollados por la maquinaria social.

El verdadero motor dramático de la película es la explotación sistemática del dinero de Fox por parte de Eugen y su entorno. Bajo la fachada del enamoramiento, Eugen lo convence de invertir en la imprenta familiar en ruinas, de comprarle un apartamento reformado a un precio inflado, de vestirse y comportarse "correctamente" para no avergonzar a sus nuevas amistades. Fassbinder construye esta operación con una precisión casi documental: cada regalo, cada préstamo, cada "favor" tiene un costo exacto, y el amor se revela como la coartada retórica que permite extraer valor de un cuerpo y una fortuna ajenos. La película no necesita villanos caricaturescos porque el propio sistema de clase hace el trabajo sucio; Eugen no es un estafador de manual, sino alguien que sencillamente reproduce, sin culpa aparente, los mecanismos de su origen social.

Uno de los aspectos más audaces de La ley del más fuerte para su época fue trasladar el análisis de clase al interior de una comunidad gay masculina, desmontando cualquier idea de solidaridad automática entre homosexuales. Fassbinder rodó la película en el contexto de un incipiente movimiento de liberación gay en la República Federal Alemana, apenas años después de que el colectivo de Rosa von Praunheim planteara públicamente que "no es perverso el homosexual, sino la situación en la que vive". La película responde a ese debate desde un ángulo incómodo: muestra que dentro del propio ambiente gay operan las mismas jerarquías de clase, gusto y capital cultural que rigen la sociedad heterosexual, y que la orientación sexual compartida no impide, sino que en ocasiones facilita, la depredación económica y afectiva del más débil.

Estilísticamente, la película pertenece a la línea melodramática que Fassbinder venía cultivando bajo la influencia declarada de Douglas Sirk, combinada con la distancia crítica del teatro épico brechtiano. La cámara de Michael Ballhaus —colaborador habitual del director en esta etapa— utiliza espejos, vidrios, marcos de puertas y reflejos para fragmentar el espacio y subrayar la sensación de que los personajes están siempre siendo observados, encuadrados, mercantilizados por la mirada ajena. La puesta en escena de interiores burgueses, cargados de objetos de valor, contrasta deliberadamente con los ambientes populares del inicio, de modo que la propia escenografía narra el ascenso y la caída económica de Fox sin necesidad de subrayado verbal.

La interpretación de Fassbinder como Fox resulta central para el efecto final de la obra. Su Fox es torpe, sentimental, generoso hasta la ingenuidad, y el director no le ahorra el ridículo ni la humillación: lo filma comiendo con la boca llena en cenas elegantes, malinterpretando códigos sociales, aferrado a gestos de ternura que su entorno interpreta como vulgaridad. Esta falta de piedad hacia el propio personaje —y, por extensión, hacia sí mismo como actor— es lo que distingue a Fassbinder de un simple panfleto de denuncia: la película observa a su protagonista con una mezcla de compasión y crueldad clínica que se acerca más al distanciamiento analítico que al melodrama lacrimógeno convencional.

El desenlace de La ley del más fuerte completa el circuito económico y simbólico que estructura toda la película: despojado de su fortuna, de su pareja y de su lugar social, Fox regresa al punto exacto del que había partido, solo que ahora sin ni siquiera la ilusión de la lotería para sostenerlo. Su muerte, filmada con una frialdad casi administrativa, y la posterior indiferencia de quienes lo rodean —dos adolescentes que le roban las últimas monedas sin reconocerlo— cierran el círculo de una sociedad que procesa a los individuos como mercancías desechables una vez agotado su valor de cambio. No hay redención ni aprendizaje moral para los personajes que sobreviven: la maquinaria social continúa funcionando exactamente igual después de haber consumido a Fox.

La ley del más fuerte es, ante todo, un tratado sobre la imposibilidad de separar el afecto del interés económico dentro de una sociedad de clases, y Fassbinder tiene el valor de situar esa tesis en un terreno —el de las relaciones homosexuales masculinas de los años setenta— donde resultaba doblemente incómoda: incomodaba a la sociedad heterosexual que apenas empezaba a tolerar la visibilidad gay, e incomodaba también a sectores del propio movimiento de liberación que hubieran preferido una representación más edificante. Esa doble incomodidad es precisamente el mayor logro político de la película: al negarse a idealizar a su comunidad, Fassbinder evita el panfleto y produce, en cambio, una obra que sigue siendo incómodamente vigente allí donde el dinero y el deseo se entrelazan. El principal riesgo de la película —y también, paradójicamente, su mayor fuerza— reside en la autoexposición de su director-actor: al interpretar él mismo a la víctima de la explotación, Fassbinder convierte la ficción en una suerte de confesión pública sobre su propia posición ambigua dentro de los círculos de poder y prestigio del cine alemán, lo que añade una capa de vértigo autorreferencial a un relato que, sin ese gesto, podría haberse quedado en mera ilustración sociológica. Cincuenta años después de su estreno, La ley del más fuerte resiste como una de las radiografías más lúcidas del cine europeo sobre cómo el capital se disfraza de amor, y sobre el precio que paga quien confunde ambas cosas.

Película estrenada en Madrid el 25 de noviembre de 1977 en el cine Bellas Artes en versión original subtitulada.

Reparto: Rainer W. Fassbinder, Christiane Maybach, Karl Heinz Böhm, Peter Chatel, Adrian Hoven, Ulla Jacobsen.

jueves, 21 de octubre de 2021

Lola (1981). Rainer Werner Fassbinder

 

Lola, una cantante de cabaret, seduce al señor von Bohm, un delegado de urbanismo. Al honrado funcionario se le plantea un grave conflicto moral cuando descubre que el cabaret es la tapadera de un burdel y las cantantes, prostitutas. Se inspira en 'El ángel azul' de Josef von Sternberg y forma parte de la trilogía de Fassbinder sobre la Alemania de la posguerra junto con 'El matrimonio de Maria Braun' y 'La ansiedad de Veronika Voss'.

La  tesis  fassbinderiana  resulta  clara,  pero no  por   ello  es   menos   pedante.  Y   menos plúmbea  la  película  en  que  está  contenida. Fassbinder   usa  y  abusa  del  melodrama. Desde  unos  planteamientos  crudamente  realistas,  hipernaturalistas  si  se  quiere,  para  llegar  a  conclusiones  que  quieren  ser  tremendas, y  aún  tremendistas,  y  que  suelen  ser simplemente patéticas. (...) Pero  su  peor  defecto  reside  en  el  aburrimiento  que  despierta,  en  su  pesadez  expositiva,  en el  derroche  de  celuloide  y  de  luces y efectos  cromáticos,  que  representa.  El  extraño  encanto  que  se  desprende  de  algunes producciones   fassbinderianas   apenasse muestra en un  par  de  secuencias.  El resto es sainete  melodramático  reiterado  hasta  la exageración y el abandono. (Pedro Crespo en ABC del 19 de diciembre de 1981)

Las intenciones básicas de Fassbinder son, pues, obvias. Trata, sin embargo, de complicarlas haciendo coincidir en la narración distintos estilos, desde el melodrama a la comedia, desde la fantasía inverosimil de la iluminación y el colorido (en bofetadas de azules, rosas y verdes) a la necesaria y rígida crónica social: sus pretensiones se hacen así más amplias, abriendo la película a reflexiones distintas: la política es, desde luego, la inmediata, pero la que puede derivarse del amor que viven los personajes principales conecta con citras películas suyas en la misma consideración pesimista sobre la ausencia de libertad en el amor y la mezquindad del ser humano. El problema de Lola es que esas nuevas consideraciones no tienen un desarrollo dramático suficiente, quedando sólo apuntadas, desdibujadas. (Diego Galán en El País del 23 de diciembre de 1981)

Como bazas de esta producción hemos de situar la elección de los intérpretes, operación en la que Fassbinder suele mostrarse maestro. Espléndida Barbara Sukowa como Lola, en un papel por completo opuesto al de Las hermanas alemanas, horrible título español de la película de Margarethe von Trotta, Die Bleierne Zeit. Barbara era Marianne, la terrorista. En Lola, despliega un erotismo persuasivo y se erige en la primera figura del retablo descrito con brillantez y colorido por Fassbinder. Unas imágenes sugerentes, una verdadera creación en el montaje de interiores —juego de luces subrayando el cinismo que gobierna el microcosmos de Schuckert—, expresividad en los personajes, que en ciertos momentos bordean la caricatura. La ironía es una de las claves de interpretación del relato y el puente que soslaya las tentaciones de teatralidad del realizador germano. (Ángeles Masó en La Vanguardia del 16 de enero de 1982)

Una narración maravillosamente directa presentada en llamativos colores primarios. Esta actualización discursiva de El ángel azul sitúa a Lola (Sukowa) y al comisionado de urbanismo que se enamora locamente de ella (Mueller-Stahl) como barómetros de la la bancarrota moral en el corazón del "milagro económico" de la postguerra alemana. Lola (propiedad, como la mayor parte de la ciudad, del especulador Mario Adorf) se desliza sinuosamente a través de la corrupción cívica de la época, acumulando suficiente crédito manipulador para comprar su parte del status quo, ahuyentando las sombras de idealismo con la más antigua de las monedas. Los negocios de siempre. Las metáforas de la prostitución provienen sin diluir de los primeros Godard; las imágenes, de los magníficos melodramas de Sirk y Minnelli; las provocaciones son todas de Fassbinder. (Time Out)

"Lola" es una sátira amarga, enérgica, a veces conmovedora, sobre el "milagro" económico de Alemania Occidental de los años 50. (Vincent Canby en The New York Times del 4 de agosto de 1982)

La nada del período tardío de Fassbinder, aparentemente sin energía y pasión, y todavía parloteando sobre el horrible pasado de su nación. Verdaderamente godardiano en la configuración, hasta en los esquemas de colores, ya que las personas simplemente representan a ideas actuando como metáforas, y el guión impasible nunca se ocupa de la trama o el conflicto y no se molesta en el drama en lo más mínimo. Las mujeres son, de nuevo, objetos para ser golpeados o comprados y vendidos, y los hombres son los únicos que compiten. (Cinematic Threads)

Sin duda, una interpretación de “Lola” es obvia. Describe la década de 1950 en la República Federal de Alemania como una época en la que se unieron la corrupción, la estrechez de las pequeñas ciudades y los negocios sin escrúpulos. Sin embargo, si se revisa la película más de cerca, primero se notará cómo Fassbinder agrupa a las personas, cómo disuelve la historia y que, en realidad, no está tan interesado en la cuestión de la corrupción y el nepotismo, sino en cómo surgieron, todo en un sentido más amplio: cómo después de 1949 fue posible el llamado "milagro económico alemán" en tan poco espacio de tiempo. (Ulrich Behrens)

Lola es una película política, sin duda, es también una forma de pastiche de los grandes melodramas (los guiños a Sirk, en concreto con la entrega de la televisión) más brillantes, incluso kitsch, pero de un kitsch asumido. Fassbinder glorifica el exceso (de colores, luces, sensaciones, sonidos) mezclando temas esperados a su manera, es decir, espejos, sobreencuadres escondidos en el encuadre, trazados circulares, todo su arsenal. Que es a la vez firma y visión, una forma de entender el mundo de las apariencias, el encubrimiento y el encierro. También desliza alusiones a otras películas: así, la falsa persiana viene de La ruleta china, como los muñecos; los créditos y la madre viuda de El matrimonio de Maria Braun. En cuanto a la última oración, "Soy feliz", recuerda al rótulo inicial de Todos los demás se llama Ali. Unidad y coherencia de una obra mayor, que encuentra en Lola una de sus encarnaciones más consumadas e intransigentes. (François Bonini en À voir, à lire)

Lola es juzgada, algo injustamente, como una película de segunda categoría en la filmografía del director: la crítica la ha obviado un tanto, quizás incluso animada por las palabras del propio director, que declaró que "Lola no es una película indispensable". En realidad, Lola es la reflexión sobre demasiados aspectos podridos de la vida en la Alemania Occidental de la década de 1950, en la que se destaca sin descanso la combinación de sexo y dinero, con una lectura dramática pero también humorística, que representaría el verdadero motor de una sociedad más que nunca en manos de Schuckert, una metáfora de la clase de potentados económicos de la época. (Rive Gauche)

Película estrenada en Madrid el 18 de diciembre de 1981 en el cine Alphaville 1; en Barcelona, el 15 de enero de 1982 en el cine Maldà.

Reparto: Barbara Sukowa, Armin Mueller-Stahl, Mario Adorf, Mathias Fuchs, Helga Federssen, Karin Baal, Ivan Desny, Hark Böhm.


lunes, 2 de julio de 2012

Die Angst essen Seele auf (1973). Rainer Werner Fassbinder


En un café al que acuden los trabajadores inmigrantes, Emmi Kurowski, una viuda de unos sesenta años, conoce a Salem, un marroquí treintañero. Inducido por la dueña del bar, Salem invita a Emmi a bailar, hablan, la acompaña a casa y, al día siguiente, se queda a vivir con ella. Esta relación provoca un gran escándalo, y las vecinas visitan al propietario del edificio para denunciar a Emmi.
Quien se atreva a revisitar joyas como “Todos nos llamamos Alí” –pésima traducción del magnífico “El miedo se come el alma” original- se encontrará con el sentido último del cine: retratar sin concesiones nuestros miedos, nuestros sueños, nuestras miserias y nuestros compromisos con eso tan extraño que se llama realidad. Brutalmente sincera y enternecedora. Parafraseando a otro genio heterodoxo, Aki Kaurismäki, “hay más ideas en una secuencia de Fassbinder que en toda la filmografía de uno de esos modernos gafapasta”. (Daniel Andreas)
"La muestra más brutal de un director enamorado del límite. Serenata al amor imposible. Cuando el miedo se come el alma (así reza el título original). Fassbinder levanta acta" (Luis Martínez: Diario El País)        
"Conmovedora. (...) Lo único que me apasiona del cine de Fassbinder" (Carlos Boyero: Diario El País)
La historia de amor entre una mujer sexagenaria y un joven emigrante marroquí, homenaje y adaptación contemporánea de Sólo el cielo lo sabe, de Douglas Sirk.

Reparto: Brigitte Mira, El Hedi Ben Salem, Barbara Valentin.
Título español: Todos nos llamamos Alí.