Mockery es un drama silente estadounidense de 1927 dirigido por el danés Benjamin Christensen, y supuso la segunda película que el cineasta rodó en Hollywood tras ser reclutado por la MGM. Producida por Erich Pommer para la Metro-Goldwyn-Mayer, la cinta llevó originalmente el título de trabajo Terror y se filmó entre el 19 de mayo y el 27 de junio de 1927, con un coste de 187.000 dólares y una recaudación mundial de 751.000. El guion, firmado por Bradley King, partía de una adaptación del propio Christensen sobre un relato corto del escritor Stig Esbern, mientras que la escenografía corrió a cargo de Cedric Gibbons y Alexander Toluboff, dos nombres que ya empezaban a definir el lenguaje visual de la MGM de finales de los veinte.
La acción transcurre durante la guerra civil entre rusos blancos y rojos que siguió a la Revolución de 1917. Sergei, un campesino siberiano hambriento que busca comida entre los cadáveres dejados por la batalla, se cruza con la condesa Tatiana Alexandrovna, portadora de despachos para el bando blanco, quien lo convence de escoltarla hasta la localidad de Novokursk haciéndose pasar por su marido. Tras ser rescatados de unos forajidos y de la posterior convalecencia de Sergei, la relación entre ambos se tuerce cuando este, empleado como sirviente en casa de los Gaidaroff, es manipulado por el rencoroso Ivan hasta reclamarle a Tatiana un trato de igual a igual. El asedio final del Ejército Rojo precipita el desenlace: Sergei muere protegiendo a la condesa tras enfrentarse a Ivan, justo cuando esta se reencuentra con el capitán Dimitri.
Lo más singular de Mockery dentro de la filmografía de Chaney es que le exige prescindir de sus artificios de maquillaje más extremos. Como señala la crítica especializada, a diferencia de sus personajes habituales, Sergei es un campesino ruso ignorante, apático y patético, no un ser físicamente monstruoso, y su tragedia nace de que confunde la gratitud de Tatiana con una amistad entre iguales, un malentendido que el cocinero bolchevique aprovecha para envenenarlo contra ella. Los propios responsables del filme, según recogía la prensa de la época, buscaban dotar a Chaney de una caracterización turbadora, la de un campesino embriagado por un poder recién adquirido — un registro más cercano al drama psicológico que al terror facial por el que el actor era célebre.
Frente a Chaney, Barbara Bedford encarna a Tatiana con una entrega contenida que sostiene la verosimilitud del triángulo sentimental, mientras que Ricardo Cortez interpreta al capitán Dimitri, rival amoroso y a la vez artífice involuntario del sacrificio final de Sergei. El matrimonio Gaidaroff, interpretado por Mack Swain y Emily Fitzroy, aporta el trasfondo de la burguesía rusa acomodada que la revolución arrasa, y Charles Puffy da vida al brutal Ivan, verdadero catalizador del desenlace trágico. Cabe anotar, como curiosidad, que un jovencísimo Johnny Mack Brown, futura estrella del western sonoro, aparece sin acreditar en un papel menor de oficial.
Antes de llegar a Hollywood, Christensen había firmado en Dinamarca Häxan (1922), una de las obras más audaces del cine mudo europeo, y esa sensibilidad visual asoma en Mockery incluso cuando el relato flaquea. El historiador Jon C. Mirsalis lo resumió con precisión: el director estaba mucho más preocupado por el estilo que por la historia, de modo que la película está bellamente fotografiada pero resulta narrativamente plana. Esa tensión entre una composición de plano depurada —heredera del expresionismo nórdico— y un guion de mecanismos melodramáticos bastante convencionales explica buena parte de las reservas que suscitó entre la crítica contemporánea.
El estreno, el 13 de agosto de 1927, no fue especialmente cálido. The New York Times consideró que la narración resultaba torpe y poco convincente, aunque reconoció que Chaney parecía perfectamente el papel del grasiento paisano de pelo largo y labio leporino, atribuyendo el fallo principal a las decisiones del director. Variety fue más severo aún, apuntando que ni siquiera el habitual poder de caracterización facial de Chaney lograba salvar la función, lo que rebajaba considerablemente su cotización como estrella. Photoplay, en cambio, defendió el resultado como un melodrama sólido sostenido por una interpretación de Chaney muy eficaz, mostrando la división de opiniones que acompañó al filme desde su lanzamiento.
Mockery se estrenó en un año prodigioso para el actor: 1927 lo vio protagonizar también Tell It to the Marines, Mr. Wu, The Unknown y London After Midnight, lo que explica por qué esta cinta suele quedar eclipsada en las retrospectivas. De hecho, sigue considerada una de las obras más débiles de su etapa en la MGM. Su supervivencia material tampoco fue sencilla: se creyó perdida hasta mediados de los años setenta, cuando aparecieron copias que hoy conserva el George Eastman Museum, lo que permitió su posterior circulación en formato doméstico.Mockery es, ante todo, un experimento fallido de reconversión: el intento de trasplantar a un director de vanguardia visual —forjado en el rigor formal de Häxan— al engranaje industrial de la MGM, y de ofrecer a Lon Chaney un papel que renunciara a su repertorio habitual de monstruosidad física en favor de una tragedia puramente emocional. El resultado es una película desigual, en la que la elegancia de la fotografía y la composición de Christensen conviven mal con un guion que resuelve sus conflictos mediante golpes de efecto poco preparados —la doble redención de Sergei, primero perdonado por Tatiana y luego sacrificado por ella, roza el sentimentalismo fácil sin ganárselo del todo. Aun así, el filme merece una reivindicación parcial: Chaney logra, dentro de las limitaciones del material, una de sus interpretaciones más contenidas y menos dependientes del maquillaje, apostando por la patología del resentimiento social antes que por el horror físico. Vista hoy, Mockery interesa menos como melodrama logrado que como documento de un cruce de caminos: el de un actor en la cúspide de su popularidad probando un registro distinto, y el de un director europeo cuyo talento nunca terminó de aclimatarse al sistema de estudios estadounidense.

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